Domingo, 30 de marzo de 2025 Colin Neill (MDiv 2021)

Lucas 15:11-32

11 »Un hombre tenía dos hijos —continuó Jesús—. 12 El menor de ellos dijo a su padre: “Papá, dame lo que me toca de la herencia”. Así que el padre repartió sus bienes entre los dos. 13 Poco después el hijo menor juntó todo lo que tenía y se fue a un país lejano; allí vivió desenfrenadamente y derrochó su herencia. 14 »Cuando ya lo había gastado todo, sobrevino una gran escasez en la región y él comenzó a pasar necesidad. 15 Así que fue y consiguió empleo con un ciudadano de aquel país, quien lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. 16 Tanta hambre tenía que hubiera querido llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero aun así nadie le daba nada. 17 Por fin recapacitó y se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen comida de sobra y yo aquí me muero de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya no merezco que se me llame tu hijo; trátame como si fuera uno de tus jornaleros”. 20 Así que emprendió el viaje y se fue a su padre. »Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él; salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo besó. 21 El joven le dijo: “Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo”. 22 Pero el padre ordenó a sus siervos: “¡Pronto! Traigan la mejor ropa para vestirlo. Pónganle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. 23 Traigan el ternero más gordo y mátenlo para celebrar un banquete. 24 Porque este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ha sido hallado”. Así que empezaron a hacer fiesta. 25 »Mientras tanto, el hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercó a la casa, oyó que había música y danza. 26 Entonces llamó a uno de los siervos y le preguntó qué pasaba. 27 “Tu hermano ha llegado —le respondió—, y tu papá ha matado el ternero más gordo porque lo ha recobrado sano y salvo”. 28 Indignado, el hermano mayor se negó a entrar. Así que su padre salió a suplicarle que lo hiciera. 29 Pero él contestó: “¡Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes y ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos! 30 ¡Pero ahora llega ese hijo tuyo, que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas, y tú mandas matar en su honor el ternero más gordo!”. 31 »“Hijo mío —le dijo su padre—, tú siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo. 32 Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado”».

En esta parábola, encontramos a Jesús hablando con recaudadores de impuestos, pecadores, fariseos y escribas; los dos primeros eran marginados de la sociedad que se sintieron atraídos por Jesús debido a la compasión que demostraba por ellos; los dos últimos eran los religiosos custodios de la ley, que se sentían repelidos por la insistente comunión de Jesús con tales parias.

En esta historia, el hijo menor exige su porción de la herencia familiar con el deseo de vender su parte de la propiedad por dinero en efectivo. Tras recibir su porción de la herencia, este hijo se va y lo malgasta todo en una vida irresponsable y autocomplaciente. Llegando al fin de sí mismo, el hijo pródigo añora los días pasados, allá en la casa de su padre.

Al verlo desde lejos, el padre—el mismo padre que fue avergonzado, traicionado e insultado por el hijo pródigo–movido por la compasión y el amor, corre a abrazar a su hijo perdido. En medio de la declaración de arrepentimiento del hijo, el padre ordena que se celebre una fiesta declarando: «Porque este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ha sido hallado» (Lc. 15:24).

Sin embargo, no todos se alegran. Ante el regreso del hijo pródigo, el hermano mayor se llena de amargura y resentimiento moralista. Así, se refiere al homenajeado como «ese tu hijo», lo que indica su negativa a reconocer al pródigo como su hermano. El padre responde: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.» (Lc. 15:31-32).

En el evangelio de Lucas, la parábola del hijo pródigo y su hermano sigue a las parábolas de la oveja perdida y la moneda perdida. Esta disposición nos deja con una cruda realidad: ya sea como el pródigo (los recaudadores de impuestos y los pecadores) o como el hermano mayor (los fariseos y los escribas), todos estamos perdidos.

Pero a cada uno de nosotros se nos da el don del arrepentimiento, el cual no sólo consiste en apartarse del pecado, sino ser encontrados y abrazados por Aquel que obtuvo la victoria sobre él, Jesucristo nuestro Señor.

Esta historia queda inconclusa, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿dónde encajamos nosotros? ¿Cómo necesitamos arrepentirnos y cómo podemos acoger, no sólo a los hijos pródigos, sino también a los hermanos mayores que hay entre nosotros?

Padre celestial, que estás lleno de compasión y misericordia, danos la guía para aceptar tu don del arrepentimiento y llámanos a alejarnos de nuestra autocomplacencia y justicia propia, para que podamos volver a casa contigo y regocijarnos en la realidad de que todos los que estaban muertos han revivido y todos los que se han perdido han sido encontrados, por medio de tu Hijo Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Colin Neill (MDiv 2021)

Ministro de Estudiantes y Familias

Iglesia Anglicana St. Stephen's

Sewickley, PA

Credits:

Created with an image by Adam Ján Figeľ - "Bratislava, Slovakia. 2018/5/22. A relief sculpture of Jesus Christ embracing a person. Made out of modelling clay by Lubo Michalko. Displayed in the Quo Vadis Catholic House."