Las miniaturas nos remiten a historias entrecruzadas entre el juego, los juegos y los juguetes. Unos y otros se van reinventando en el tiempo y el espacio, acordes con el papel social y cultural que les conferimos. Objetos, forma, función y reglas adquieren otra dimensión en el mundo de la miniatura, se ubican entre el juego, el ritual o la contemplación. En México nombramos sus escalas con sendos adjetivos calificativos como chico, chiquito y chiquititito. Nos causa admiración la destreza de los dedos de un adulto para crear obras desde unos cuantos milímetros hasta unos 10 a 15 centímetros.
La diversidad de materiales, técnicas y ramas artesanales que caracterizan al arte popular de nuestro país tiene su correspondencia en la miniatura a través del vidrio, la madera, el barro, el hueso, semillas, varios metales, el textil, las fibras, la piel y la lapidaria, entre otros. Transformados con ingenio y creatividad abundan piezas que apuntan hacia el simulacro y la imitación que reforzaba los roles sociales de la infancia y su expectativa como adultos, actualmente cuestionados por diversos sectores de la población.
Tradicionalmente para las niñas objetos para jugar a la casita con utensilios para cocinar; vajillas, jarras, juegos de té y café para servir los alimentos, amueblar toda una casa de muñecas real o imaginaria: la sala, el comedor, la recámara.
Surgidos de las guerras intestinas de los siglos XVIII y XIX, los niños recreaban batallas épicas con ejércitos de soldaditos de plomo, actividad de corte belicista que ha sido eliminado en numerosos hogares, al igual que el uso del plomo, sustituidos por el antimonio hace ya varias décadas.
Como reflejo de la vida cotidiana y festiva las figuritas pueden mostrar oficios de antaño y mercados, así como danzas, fiestas y músicos. Las exquisitas pulgas vestidas son refinadas esculturas realizadas en la cabeza de un palillo de madera. Las máscaras miniaturas nos deleitan con la fidelidad y detalle que guardan con sus contrapartes para adultos.
Una faceta menos conocida son las miniaturas rituales. Por ejemplo, entre los pueblos ñuju de la Sierra Otomi- Tepehua de Hidalgo y Puebla visten con indumentaria tradicional a escala unas figuras de hombres y mujeres para una ceremonia conocida como El costumbre. Según la comunidad pueden ser piedras, figuras de papel amate o papel de china recortada. A través de ritos sagrados, el chamán y sus ayudantes preparan y visten e invocan a estas entidades sagradas que representan a sus ancestros primordiales.
Como parte de la liturgia católica para la celebración del día de los Santos Inocentes el 28 de diciembre, se realizaban bromas e inocentadas al pedir prestado dinero o un objeto y -por ser una persona olvidadiza-, se le regresaba el objeto acompañado de una charolita en miniatura de plata u hojalata y el mensaje “Inocente palomita que te dejaste engañar, sabiendo que en este día nada se puede prestar.” Durante la Semana Santa en Puebla y la Ciudad de México era costumbre hacer obsequios de matraquitas o sonajitas en plata o hueso alternadas con jueguitos de trompo, yoyo, perinola y balero.
Aprender haciendo ha sido un medio para desarrollar habilidades desde una edad temprana en algunos pueblos alfareros. En Amatenango del Valle, Chiapas las niñas fabrican todo tipo de animalitos domésticos, para la labranza e incluso feroces animales salvajes, perfectamente proporcionados, y que no conocen. En tanto en Santa María Atzompa, Oaxaca con el barro al natural realizan bandas de animales con instrumentos musicales, esmaltadas por los adultos.
Por su parte, Teodoro Torres con su esposa Susana Navarro, transformó la herencia familiar de las figuras de plomo para reflejar la gran diversidad de la indumentaria indígena a través del uso del antimonio.
En la colección de Ruth D. Lechuga contamos con casi 1,200 miniaturas de 20 etnias diferentes, 23 estados de la República y 13 países que nos muestran la creatividad y perfección de un microcosmos que podemos vislumbrar a través de una lupa.