Viernes, 18 de abril de 2025 Rev. Chip Bateson (MDiv 2020)

Juan 19:1-37

1 Pilato tomó entonces a Jesús y mandó que lo azotaran. 2 Los soldados, que habían trenzado una corona de espinas, se la pusieron a Jesús en la cabeza y lo vistieron con un manto color púrpura. 3 —¡Viva el rey de los judíos! —gritaban, mientras se acercaban para abofetearlo. 4 Pilato volvió a salir. —Aquí lo tienen —dijo a los judíos—. Lo he traído para que sepan que no lo encuentro culpable de nada. 5 Cuando salió Jesús, llevaba puestos la corona de espinas y el manto color púrpura. —¡Aquí tienen al hombre! —les dijo Pilato. 6 Tan pronto como lo vieron, los jefes de los sacerdotes y los guardias gritaron a voz en cuello: —¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! —Pues llévenselo y crucifíquenlo ustedes —respondió Pilato—. Por mi parte, no lo encuentro culpable de nada. 7 —Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se ha hecho pasar por Hijo de Dios —insistieron los judíos. 8 Al oír esto, Pilato se atemorizó aún más, 9 así que entró de nuevo en el palacio y preguntó a Jesús: —¿De dónde eres tú? Pero Jesús no contestó nada. 10 —¿Te niegas a hablarme? —dijo Pilato—. ¿No te das cuenta de que tengo poder para ponerte en libertad o para mandar que te crucifiquen? 11 —No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado de arriba —contestó Jesús—. Por eso el que me puso en tus manos es culpable de un pecado más grande. 12 Desde entonces, Pilato procuraba poner en libertad a Jesús, pero los judíos gritaban desaforadamente: —Si dejas en libertad a este hombre, no eres amigo del césar. Cualquiera que pretende ser rey se hace su enemigo. 13 Al oír esto, Pilato llevó a Jesús hacia fuera y se sentó en el tribunal, en un lugar al que llamaban el Empedrado, que en hebreo se dice «Gabatá». 14 Era el día de la preparación para la Pascua, cerca del mediodía. —Aquí tienen a su rey —dijo Pilato a los judíos. 15 —¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo! —vociferaron. —¿Acaso voy a crucificar a su rey? —respondió Pilato. —No tenemos más rey que el césar —contestaron los jefes de los sacerdotes. 16 Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran y los soldados se lo llevaron. 17 Jesús salió cargando su propia cruz hacia el lugar de la Calavera, que en hebreo se llama «Gólgota». 18 Allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio. 19 Pilato mandó que se pusiera sobre la cruz un letrero en el que estuviera escrito: jesús de nazaret, rey de los judíos. 20 Muchos de los judíos lo leyeron, porque el sitio en que crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad. El letrero estaba escrito en hebreo, latín y griego. 21 —No escribas “rey de los judíos” —protestaron ante Pilato los jefes de los sacerdotes judíos—. Era él quien decía ser rey de los judíos. 22 —Lo que he escrito, escrito queda —contestó Pilato. 23 Cuando los soldados crucificaron a Jesús, tomaron su manto y lo partieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. Tomaron también la túnica, la cual no tenía costura, sino que era de una sola pieza, tejida de arriba abajo. 24 —No la dividamos —se dijeron unos a otros—. Echemos suertes para ver a quién le toca. Y así lo hicieron los soldados. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: «Se repartieron entre ellos mi manto y sobre mi ropa echaron suertes». 25 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la esposa de Cleofas, y María Magdalena. 26 Cuando Jesús vio a su madre y al discípulo a quien él amaba a su lado, dijo a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. 27 Luego dijo al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento ese discípulo la recibió en su casa. 28 Después de esto, como Jesús sabía que ya todo había terminado y para que se cumpliera la Escritura, dijo: —Tengo sed. 29 Había allí una vasija llena de vinagre; así que empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. 30 Al probar Jesús el vinagre, dijo: —Todo se ha cumplido. Luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu. 31 Era el día de la preparación para la Pascua. Los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz en sábado, por ser este un sábado muy solemne. Así que pidieron a Pilato ordenar que quebraran las piernas a los crucificados y bajaran sus cuerpos. 32 Fueron entonces los soldados y quebraron las piernas al primer hombre que había sido crucificado con Jesús y luego al otro. 33 Pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no quebraron sus piernas, 34 sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y al instante brotó sangre y agua. 35 El que lo vio ha dado testimonio de ello y su testimonio es verídico. Él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. 36 Estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán ningún hueso» 37 y como dice otra Escritura: «Mirarán al que han traspasado».

«Al probar Jesús el vinagre, dijo: “Todo se ha cumplido”. Luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu» (Jn. 19:30).

Hace sólo unos meses, celebrábamos con alegría que recibimos el regalo más precioso de todos los tiempos. Ese regalo estaba envuelto y acostado en un pesebre. Pero aquí, en el capítulo 19 de su evangelio, el apóstol Juan nos cuenta cómo desenvolvimos ese regalo el Viernes Santo, luego procedimos a golpearlo y, finalmente, lo colgamos de un árbol para que muriera. Sin embargo, debido a su respuesta a lo que hicimos, seguimos llamando a este día Viernes Santo.

Con uno de sus últimos alientos y con su ministerio terrenal casi por finalizar, Jesús dice: «Todo se ha cumplido». La terminología aquí es la que podría utilizar un contador, podría haberse traducido fácilmente «Pagado en su totalidad». Todos los costos del pecado fueron pagados para siempre por este acto de sacrificio de Cristo en la cruz. Sólo podemos agradecerle lo que hizo por nosotros. No podemos añadir más, porque todo ha sido satisfecho.

La frase también podría haberse traducido como «Victoria». Esta parte de la pasión de Cristo representó el punto de inflexión de la humanidad. Este acto acabó con la fortaleza de Satanás sobre nosotros, y Jesús obtuvo la victoria final sobre el pecado y la muerte. El bien triunfó sobre el mal, la vida triunfó sobre la muerte. En ese momento, la victoria final estuvo asegurada.

Lo que Jesús dice aquí también es una declaración clara de quién tuvo el control todo el tiempo. Nadie le quitó la vida a Jesús, él la dio. Fue su decisión dar su vida, y también fue su decisión decir cuándo esa obra y esa vida habían terminado. Podemos encontrar consuelo en estas palabras, porque podemos saber que si Jesús tenía el control de su propia muerte, ¡sin duda podemos confiarle también el control de nuestras vidas!

Este fue realmente el principio del fin del mayor triunfo de todos los tiempos. Este es el momento en que el regalo más preciado se transformó en el regalo definitivo para nosotros: con una acción y una oración, Jesús mira desafiante al pecado y a la muerte y les dice que están acabados, están destruidos y su dominio sobre la humanidad ya no existe. Esa es la razón por la que podemos llamar al día de hoy Viernes Santo y bueno.

Padre Dios, te doy gracias por haber enviado a Jesús a la cruz para cargar con mi pecado y mi vergüenza, y pagar mis deudas por mí. Sólo puedo ofrecerte mi agradecimiento y te ruego que me ayudes a consagrar mi vida a tu voluntad. Te pido que me mantengas fuerte en la fe, manso de corazón y sabio de palabra para que pueda ser tu siervo en la tierra. Sólo tuya es la victoria y la gloria, y sólo a ti ofrezco mi alabanza. Gracias Padre por el perdón y la salvación. En el santo nombre de Cristo. Amén.

Rev. Chip Bateson (MDiv 2020)

Rector

Iglesia Anglicana de la Reconciliación

Verona, PA