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Sábado, 28 de marzo de 2026

Rdo. Chuck Bradshaw (MDiv 1992, DMin 2011)

Juan 17:1-26

1 Después de que Jesús dijo esto, dirigió la mirada al cielo y oró así: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti, 2 ya que le has conferido autoridad sobre todo mortal para que él les conceda vida eterna a todos los que le has dado. 3 Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado. 4 Yo te he glorificado en la tierra y he llevado a cabo la obra que me encomendaste. 5 Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera. 6 »A los que me diste del mundo les he revelado tu nombre. Eran tuyos; tú me los diste y ellos han obedecido tu palabra. 7 Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, 8 porque les he entregado las palabras que me diste y ellos las aceptaron; saben con certeza que salí de ti y han creído que tú me enviaste. 9 Ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que me has dado porque son tuyos. 10 Todo lo que yo tengo es tuyo y todo lo que tú tienes es mío; y por medio de ellos he sido glorificado. 11 Ya no voy a estar por más tiempo en el mundo, pero ellos están todavía en el mundo y yo vuelvo a ti. »Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre, el nombre que me diste, para que sean uno, lo mismo que nosotros. 12 Mientras estaba con ellos, los protegía y los cuidaba mediante el nombre que me diste y ninguno se perdió sino aquel que eligió perderse, a fin de que se cumpliera la Escritura. 13 »Ahora vuelvo a ti, pero digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo, para que tengan mi alegría en plenitud. 14 Yo les he entregado tu palabra y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15 No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. 16 Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo. 17 Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. 18 Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo. 19 Y por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. 20 »No ruego solo por estos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, 21 para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. 22 Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: 23 yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí. 24 »Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy. Que vean mi gloria, la gloria que me has dado porque me amaste desde antes de la creación del mundo. 25 »Padre justo, aunque el mundo no te conoce, yo sí te conozco y estos reconocen que tú me enviaste. 26 Yo les he dado a conocer tu nombre y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo mismo esté en ellos».

Meditación

«Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre, el nombre que me diste, para que sean uno, lo mismo que nosotros» (v. 11). Protege a los hombres cuyos pies Jesús acababa de lavar; protege a los que, en todo el mundo, han creído en el Hijo por medio de su testimonio; protege a los que el Padre ha dado al Hijo, por quienes nuestro Sumo Sacerdote perfecto ahora intercede a la diestra del Padre (Ro. 8:34). «Protégelos con el poder de tu nombre […] para que sean uno, lo mismo que nosotros», y para que el gozo del Hijo se cumpla en ellos (v. 13). Protege a la Iglesia de seres humanos de carne y hueso, la ekklesia, los «llamados», de la cual digo ser miembro. Incluso a mí, hombre pecador. «Protégelos en tu nombre…», en esa unión mística—la relación de «conocimiento» mutuo e íntimo entre el Padre y el Hijo. Saber que el Padre de nuestro Señor Jesús es el único Dios verdadero; conocer a Jesús, a quien él ha enviado. «Conocerte a ti es vida eterna» (LOC, 23). Espero demasiado poco del Señor. Él quiere esta unión, esta identificación con él para mí y su Iglesia, más de lo que yo la quiero para mí y para nosotros. «Nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes […] lleguen a tener parte en la naturaleza divina» (2 P. 1:4). Jesús no ora por el mundo «sino por los que me has dado, porque son tuyos» (Jn. 17:9). Como escribió el obispo Newbigin, Jesús no ora directamente por el mundo «porque lleva a cabo su propósito a través de la comunidad, que es el regalo del Padre» (The Light Has Come, 229). ¿Dónde está esa unidad perfecta, la señal al mundo de que el Padre ama a la Iglesia tanto como ama al Hijo? Es una unidad que no puede imponerse. En este día del calendario cristiano, Jesús va camino a Jerusalén para reconciliar al mundo consigo mismo y a aquellos que le ha dado el Padre entre sí, mediante la sangre de su cruz; y para prepararlos para el ministerio de la reconciliación (2 Co. 5:18-21; Col. 1:20-21).   Padre, en tu amor por la humanidad enviaste a tu Hijo para llamar y enviar a aquellos a quienes tú les has dado. Haz que nosotros, que estamos en el mundo, seamos custodios de la palabra que él nos dio. Protégenos del maligno; protégenos en tu nombre. Que tu Espíritu habite en nosotros. Que escapemos de la corrupción del mundo. Por nuestro testimonio y nuestro amor unos por otros, haz que el mundo crea. Incluso si el mundo nos odia, cumple el gozo de tu Hijo en nosotros. Por aquel que intercede por nosotros. Amén. Rdo. Chuck Bradshaw (MDiv 1992, DMin 2011) Vicario Iglesia Anglicana Christ Bucksport, ME Misionero asociado SAMS (Uganda 2013-2016)

Credits:

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