Filosofía del cuidado
LA DIGNIDAD DE LO VULNERABLE
Por Marina Molina B.
En el horizonte contemporáneo, atravesado por crisis múltiples —sanitarias, climáticas, migratorias y económicas—, la pregunta por el sentido del humanismo se hace inevitable. La pandemia de COVID-19 evidenció con crudeza que la vida humana está marcada por la interdependencia y la fragilidad; sin cuidados, no hay supervivencia posible. Del mismo modo, las catástrofes ecológicas y las crecientes desigualdades sociales revelan que la autonomía, exaltada por gran parte de la tradición filosófica occidental, es más bien una excepción precaria que la regla de la existencia. Ante este panorama, la llamada filosofía del cuidado emerge como un marco conceptual y normativo capaz de replantear el humanismo desde la vulnerabilidad y no únicamente desde la razón o la grandeza.
La noción de cuidado tiene, sin duda, una larga genealogía. Martin Heidegger, en Ser y tiempo (1927), introdujo la Sorge (cuidado o preocupación) como estructura ontológica fundamental del ser-en-el-mundo, subrayando que el ser humano se define por su estar arrojado en un entramado de relaciones y preocupaciones. Hannah Arendt, por su parte, vinculó la natalidad y la acción a la capacidad de iniciar algo nuevo en el mundo, situando el cuidado en la esfera de lo político. Simone de Beauvoir añadió a esta tradición la reflexión sobre la corporalidad y la dependencia, mostrando que la condición encarnada nos hace siempre necesitados de otros. Estas raíces filosóficas prefiguran un campo que, décadas más tarde, encontraría en el feminismo contemporáneo su impulso decisivo.
En los años ochenta, Carol Gilligan (1982) marcó un giro con In a Different Voice, donde cuestionó los modelos morales dominantes —centrados en la justicia, la imparcialidad y la universalización— y propuso reconocer una “voz ética diferente” basada en la atención, la responsabilidad concreta y las relaciones interpersonales. Poco después, Nel Noddings (1984) publicó Caring: A Feminine Approach to Ethics and Moral Education, donde planteó el cuidado no como una virtud secundaria sino como fundamento de la educación moral. De este modo, el cuidado pasó a ser considerado no solo una práctica cotidiana sino una categoría filosófica y ética en sentido pleno.
A partir de estas obras fundacionales, la filosofía del cuidado se consolidó como corriente en diálogo con la ética, la teoría política y la filosofía social. Virginia Held (2006) amplió la discusión mostrando que el cuidado no se limita al ámbito privado, sino que debe orientar también las relaciones políticas y globales. Eva Feder Kittay (1999) profundizó en la relación entre cuidado y dependencia, subrayando que la justicia solo puede pensarse desde el reconocimiento de la vulnerabilidad. Finalmente, Joan Tronto (1993, 2013) propuso que el cuidado constituye una actividad política central, vinculada con la democracia y con la organización de las instituciones. Estas autoras sentaron las bases de un campo en expansión, conocido internacionalmente como ethics of care.
El interés por la filosofía del cuidado no se ha limitado a la teoría normativa. En la última década, su relevancia se ha extendido a debates interdisciplinarios que incluyen la economía política, los estudios de género, la ética ambiental y los estudios de ciencia y tecnología (STS). María Puig de la Bellacasa (2017) ha desarrollado la idea de un “cuidado más-que-humano”, extendiéndolo a la ecología, la tecnología y las redes no-humanas de las que depende la vida. Por su parte, autores como Byung-Chul Han (2010, 2012) han denunciado cómo las sociedades neoliberales erosionan la capacidad de cuidar y ser cuidados, produciendo patologías de aislamiento y autoexplotación.
El contexto global de crisis ha vuelto aún más urgente este marco. Durante la pandemia, se habló de “trabajadores esenciales”, y quedó patente que el cuidado sostiene la vida social en todas sus dimensiones. Asimismo, la precariedad de quienes realizan estos trabajos —en su mayoría mujeres, migrantes y mal remuneradas— mostró el carácter estructuralmente desigual de la distribución del cuidado. La filosofía del cuidado, en este sentido, no es solo un campo teórico, sino una herramienta crítica para interrogar el presente y proponer horizontes alternativos.
Así, nos proponemos trazar un mapa de la filosofía del cuidado como proyecto humanista contemporáneo. Partiendo de sus raíces filosóficas y feministas, se examinarán sus desarrollos normativos y políticos, así como sus tensiones y debates actuales. El objetivo es mostrar cómo, en un mundo donde la autonomía absoluta se revela ilusoria, el cuidado puede convertirse en principio articulador de un nuevo humanismo de la vulnerabilidad. Este humanismo no se funda en la exaltación de la grandeza, sino en el reconocimiento de la fragilidad compartida y la interdependencia como condición de posibilidad de toda vida humana.
Hablar de la filosofía del cuidado en su acepción contemporánea exige reconocer una genealogía que hunde sus raíces en tradiciones filosóficas más amplias. Si bien el giro feminista de los años ochenta significó la cristalización de esta corriente como ética autónoma, ya en la filosofía del siglo XX encontramos elementos que anticipan la centralidad del cuidado como categoría ontológica, ética y política. Entre las contribuciones más influyentes destacan las de Martin Heidegger, Hannah Arendt y Simone de Beauvoir, quienes, desde distintos ángulos, sentaron las bases para comprender al ser humano como un ser vulnerable, relacional y situado.
En Ser y tiempo (1927/2003), Martin Heidegger desarrolla la noción de Sorge (cuidado o preocupación) como estructura fundamental de la existencia humana. El Dasein —el ser-ahí— no se define primordialmente por el pensamiento racional o la conciencia, sino por su estar arrojado en el mundo en medio de ocupaciones, tareas y relaciones. “El ser del Dasein es el cuidado” (Heidegger, 1927/2003, §41), escribe el filósofo, subrayando que nuestra existencia se caracteriza por un hacerse cargo de sí mismo, de los otros y del mundo que nos rodea.
El cuidado, en este sentido, no es un atributo opcional, sino la condición ontológica del existir humano. La Sorge tiene varias dimensiones: el cuidado por las cosas (manipulación, uso), la solicitud hacia los otros (Fürsorge), y la anticipación de la propia finitud (la relación con la muerte). De este modo, Heidegger desmantela la idea de un sujeto autónomo e independiente, presentando al ser humano como un ser relacionalmente constituido.
Aunque Heidegger no desarrolla una ética del cuidado en sentido normativo, su aportación es crucial: abre el horizonte para pensar el cuidado no como virtud secundaria, sino como la manera fundamental en que el ser humano se relaciona con el mundo. Posteriores tradiciones —incluida la ética feminista del cuidado— retomarán esta intuición, dándole una orientación práctica y política que Heidegger no exploró.
Hannah Arendt, discípula crítica de Heidegger, introduce otra dimensión del cuidado al analizar la vida activa en La condición humana (1958/1993). Si bien su enfoque no se centra explícitamente en el “cuidado”, su concepto de natalidad como capacidad de iniciar algo nuevo en el mundo se vincula con una visión positiva de la interdependencia humana. Para Arendt, lo que define al ser humano no es la soberanía de la razón, sino la posibilidad de aparecer ante otros, de actuar y hablar en común.
El cuidado emerge aquí en clave política: la acción requiere un mundo compartido, sostenido por vínculos y responsabilidades recíprocas. La política, en su sentido más profundo, es el espacio donde los seres humanos se cuidan mutuamente en tanto que ciudadanos, protegiendo y renovando el mundo común. Arendt también reflexiona sobre el carácter frágil de esta esfera pública, siempre amenazada por la violencia y la dominación, lo que resalta la necesidad de atención constante hacia lo común.
Si Heidegger vinculó el cuidado a la finitud, Arendt lo asocia con la pluralidad y la capacidad de generar novedad. Su insistencia en que la condición humana está marcada por la vulnerabilidad y la dependencia de los demás anticipa debates actuales sobre la interdependencia como categoría central de un nuevo humanismo del cuidado.
Simone de Beauvoir, en El segundo sexo (1949/1999), ofrece otra perspectiva decisiva: el reconocimiento de la corporalidad y la dependencia como dimensiones constitutivas de la existencia. Frente a una tradición filosófica que privilegió la razón abstracta, Beauvoir subraya que el ser humano es un ser encarnado, situado en un cuerpo sexuado, expuesto a la enfermedad, al envejecimiento y a la muerte.
El análisis de la condición femenina que realiza Beauvoir muestra cómo la vulnerabilidad del cuerpo ha sido históricamente explotada para justificar la subordinación de las mujeres. Sin embargo, su filosofía no se limita a la denuncia: también plantea que la libertad auténtica requiere asumir la facticidad y reconocer que toda autonomía está atravesada por la dependencia de otros. Este reconocimiento de la intersubjetividad —del otro como límite y como posibilidad— abre un horizonte en el que el cuidado aparece como mediación necesaria de la libertad.
En Beauvoir, entonces, la filosofía del cuidado encuentra una doble aportación: por un lado, la crítica a un modelo antropológico abstracto y desarraigado, y por otro, la afirmación de la vulnerabilidad y la alteridad como condiciones existenciales que requieren responsabilidad y reciprocidad.
Aunque Heidegger, Arendt y Beauvoir provienen de tradiciones distintas y no articularon una ética del cuidado como tal, sus obras convergen en un punto esencial: la vida humana no puede pensarse desde la autosuficiencia, sino desde la vulnerabilidad, la interdependencia y la necesidad de un mundo compartido. Heidegger aporta la dimensión ontológica, Arendt la política, Beauvoir la encarnada y existencial.
Estas intuiciones preparan el terreno para que, décadas más tarde, la filosofía feminista articule el cuidado como categoría ética y política. Gilligan y Noddings retomarán, de manera implícita, estas herencias al proponer que el cuidado es la base de nuestra vida moral; Held, Kittay y Tronto ampliarán la discusión hacia lo político y lo institucional.
En suma, las raíces filosóficas del cuidado muestran que esta no es una invención ex nihilo de la ética feminista, sino un desarrollo que se inscribe en una tradición más amplia de crítica al sujeto autónomo. Pensar el cuidado hoy implica, por tanto, reconocer tanto la historicidad de estas aportaciones como su vigencia en un mundo que enfrenta crisis que solo pueden afrontarse colectivamente.
Créditos:
Creado con imágenes de Leonardo - "Las manos de un líder sostienen con cuidado figuras doradas brillantes, que simbolizan la confianza, la orientación y la protección de una fuerza laboral unida" • Impact Photography - "Elderly care" • Rizky - "A kind bearded volunteer giving a warm container of food to a person in need on the street, an act of community charity and support." • Seventyfour - "High angle portrait of young African-American mother breastfeeding cute baby boy with child looking at camera, copy space" • bravissimos - "Volunteers feed the homeless. Free soup in a bowl of beggar." • AungMyo - "silhouette Disabled handicapped woman in wheelchair and care helper walking on mountain meadow park in sunny day. International Disability Day concept." • Halfpoint - "Portrait of sad poor mature mother hugging small daughter indoors at home, poverty concept." • Shisu_ka - "A doctor or psychiatrist provides counseling and encouragement to asian male patients receiving treatment for psychological symptoms."