60 años de misión en Perú Fernando Jiménez Figueruela SJ repasa su vocación, su misión en perú y los retos pastorales del país

Fernando, lo primero de todo, ¿por qué jesuita? ¿cómo nació tu vocación? Yo estudié en el colegio Maravillas de La Salle. Como ellos son hermanos, iban sacerdotes de distintas órdenes a confesar y orientar a los chicos. Entre ellos había un jesuita, el padre José María Regueira, que confesaba en la iglesia de Maldonado, en el confesionario 13. Era muy agradable, muy simpático y una persona muy buena. Recuerdo que nos dio un retiro, yo tendría unos 15 años y nos habló de la Compañía. Aquello me llamó mucho la atención y pensé por primera vez en la posibilidad de ser jesuita. Además, mi padre tenía un gran amigo cuyo hermano era jesuita, el padre Carlos Corral Salvador, un canonista muy reconocido. Venía a casa, lo veíamos con frecuencia, y junto al padre Regueira ha sido mi gran referente.

Cuando entras en la Compañía, ¿tenías otros planes en la cabeza o ya estabas abierto a lo que viniera? A mí me gustaba mucho el campo. Mi familia en Granada tiene un cortijo de olivos y un molino de aceite, y yo pensaba ser ingeniero agrónomo. Pero después de ese retiro me di cuenta de que quería ser jesuita. El Señor apareció y poco a poco me fue llevando a la Compañía. Yo entré dispuesto a todo. Uno hace los Ejercicios y sale disponible. Acabas de cumplir 60 años en Perú… Llegaste siendo muy joven, con solo 18 años, en segundo año de noviciado. ¿Cómo surgió esa posibilidad de marcharte tan pronto y quedarte allí? Cuando entré en la Compañía, lo hice con la antigua provincia de Toledo, que incluía Madrid, y que entonces era la provincia madre del Perú. América Latina siempre me había atraído mucho, y cuando entro al noviciado, se hablaba mucho de Perú. Había una vivencia muy profunda, porque todos los jesuitas de la provincia tenían compañeros allí. Pasaban por el noviciado de Aranjuez cuando venían a España…. Un día el maestro de novicios nos dijo: “El que se sienta motivado, que me escriba una carta con sus razones”. Como había necesidad de sacerdotes, le escribí y, después de unos meses, me destinaron allí. Como la mayoría de edad eran 21 años, mi padre me tuvo que firmar una autorización por escrito. Y lo aceptó con una gran generosidad, por eso me pude ir.

Lima, años 70

¿Cómo fueron los primeros años allí? Yo salí de un noviciado y llegué a otro. En Lima hacíamos exactamente lo mismo que en Aranjuez: misma rutina, mismo horario. Eso aminoró mucho el choque cultural. El noviciado de Lima era una casa nueva, moderna, en la periferia, y éramos pocos: en Aranjuez éramos 43 y en Lima ocho. La vida era muy familiar, muy agradable. Además, el peruano es sumamente acogedor. Yo me sentí acogido desde el primer momento. Has trabajado en la costa, la sierra y la selva. ¿Qué recuerdos guardas de esos primeros destinos rurales? Uno de mis primeros trabajos fue en el Vicariato de San Francisco Javier, en la región de Cajamarca. Fui párroco en la parroquia de San Ignacio durante nueve años. Era una zona de frontera con Ecuador, muy aislada entonces. La parroquia abarcaba unos 120 pueblos repartidos en casi 3.500 kilómetros cuadrados. Los pueblos más lejanos estaban a dos días de camino. No había carreteras y había que viajar en mula. Era una vida dura, pero muy rica. Imagino que aquellos viajes daban para muchas historias. Muchas. Desde encontrarte una serpiente cruzando el camino, hasta llegar a un pueblo y darte cuenta de que se había roto la botella del vino de misa por el camino. O dejar la mula pastando por la noche y que se volviera sola a la parroquia. Pero lo mejor era la gente. Muy buena, muy creyente, muy comprometida.

Además de la pastoral, también afrontasteis otras necesidades básicas. Sí. Nos dimos cuenta de que había enormes carencias en salud. En toda la parroquia había un solo médico. La gente moría por enfermedades muy básicas. Por eso pusimos en marcha un proyecto de formación de promotores de salud campesinos, financiado desde Roma, para que tuvieran conocimientos mínimos y pudieran atender emergencias. Fue una experiencia muy importante. Has vivido en muchos lugares del Perú. ¿Hay alguno que te haya marcado especialmente? No sabría decir cuál fue el mejor momento, porque todos fueron buenos, con su encanto y sus dificultades. Pero Ayacucho me marcó mucho. Allí nació y creció Sendero Luminoso, y en esa guerra murieron unas 70.000 personas. La Compañía fue a Ayacucho en plena violencia para acompañar. Cuando yo llegué, la violencia había terminado, pero la gente estaba profundamente traumatizada. Todo el mundo conocía a alguien que había muerto. Nuestra misión fue acompañar, escuchar, sanar. Fue muy importante, pero también muy duro, porque te contaban cosas terroríficas. En ese tiempo también fuiste testigo de grandes injusticias. Muchas. Recuerdo especialmente el intento de una empresa maderera de explotar un bosque declarado zona intangible, sobornando a funcionarios. Aquello habría causado un daño ecológico enorme. La gente se levantó y contó con el apoyo decidido de la Iglesia. José María Susquiza estuvo totalmente comprometido con el pueblo y se logró frenar el proyecto. Pero luego vino la venganza: asesinaron a un catequista y encarcelaron injustamente a otros cuatro durante seis meses. Eso fue a comienzos de los años 80. Son experiencias que te marcan profundamente.

Hace un año celebraste tus bodas sacerdotales. Al mirar atrás, ¿qué dirías que has aprendido en tu ministerio? En primer lugar, sentirme absolutamente amado por el Señor, a pesar de todas mis debilidades y contradicciones. Luego, tener una vida muy plena. Para mí el sacerdocio da una gran plenitud. Lo decía en la homilía en Arequipa: no hay mayor alegría que anunciar a Jesús y ayudar a la gente a conocerlo. He tenido la enorme suerte de hacer lo que me gusta, aunque haya supuesto sacrificios. Viví nueve años en el vicariato de Jaén, en los años 80, visitando 120 pueblos a caballo o en mula. Cansaba, claro. Luego viví en Perú toda la etapa del terrorismo, que fue algo espantoso. Y, sin embargo, siento que el Señor me ha mantenido con ilusión todos estos años. Este año cumplo 80 y le digo: “Señor, mientras pueda hacer algo, aquí estoy. Ya me llamarás cuando quieras”.

¿Cómo describirías hoy la realidad pastoral en Perú? La secularización avanza, pero el Perú sigue teniendo una religiosidad popular muy profunda. Las fiestas patronales, las novenas, las procesiones siguen muy vivas. Esa religiosidad puede y debe madurar, como también la fe más intelectual. La gran contradicción es que esa fe convive con una profunda injusticia. Quinientos años de evangelización y, sin embargo, persisten enormes desigualdades. El gran reto pastoral es que la fe se traduzca en justicia y solidaridad. Hay mucha corrupción a todos los niveles. Ese es el gran desafío.

Has vivido también el pontificado de un Papa jesuita y ahora de un Papa que se considera peruano. ¿Cómo ves a León XIV? Con mucha ilusión y alegría. En Chiclayo tenemos una comunidad y una casa de ejercicios. Mis compañeros trataban mucho con el entonces obispo. Iba con frecuencia a nuestra casa. Es un hombre con una experiencia enorme y una gran profundidad. En el Perú, cuando fue elegido Papa, fue impresionante: campanas, cohetes… una alegría inmensa. Si volvieras a nacer, ¿harías el mismo camino? Sin ninguna duda. Volvería a entrar en la Compañía y volvería a ir al Perú. Me considero peruano, nacido en España. Estoy orgulloso de mis raíces españolas, pero mi vida se ha desarrollado en el Perú. El pueblo peruano es muy acogedor, muy trabajador, muy sufrido y con una enorme capacidad de celebrar la vida. Tiene una fe profunda, visible en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Entrar en la Compañía es sacar el premio gordo de la lotería

Por último, ¿qué le dirías a un joven que se esté planteando entrar en la Compañía? Que merece la pena. Entrar en la Compañía es sacar el premio gordo de la lotería. Es una vida de mucho trabajo y mucha entrega, pero también de una gran felicidad. Uno entra para querer a mucha gente y la gente agradece el cariño. Yo tengo en Lima familias que no son de sangre, pero que conozco desde hace 50 años. Dentro de poco celebraré las bodas de oro de una pareja a la que casé hace medio siglo. Que piense seriamente que ser jesuita es un camino de felicidad. Que merece la pena. Si entra con madurez y discernimiento y no tiene miedo, es un camino de gran plenitud y no se va a arrepentir nunca.

CREADO POR
Álvaro González