Alfonso Ruiz Marrodán SJ (Arnedo, La Rioja, 1945) acaba de volver a España tras casi seis décadas de misión africana. Llegó al continente en 1968 “sin conocer nada de África”, después de terminar Filosofía y de una breve estancia en Alemania; desde entonces apenas pasó temporadas cortas fuera del continente, salvo los años de Teología y la pandemia, que lo sorprendió en su tierra riojana. En su memoria se encadenan parroquias del Chad, barrios populares de Duala (Camerún) y miles de nombres propios. “Si yo fui al Chad fue con el deseo de transmitir lo que a mí me hacía vivir, que es la Buena Noticia de Jesús”, dice, convencido de que el anuncio se hace “con altavoces o sin una palabra, viviendo con la gente”.
Su llegada al Chad revela el aprendizaje cultural que marcaría su trayectoria. Nada más aterrizar lo nombraron director de un internado parroquial para adolescentes de zonas rurales. Con presupuesto ajustado, cocinar con leña era imprescindible. Alfonso propuso que los muchachos cortaran madera y la cargaran al hombro. Nadie quiso. “Hasta que alguien me explicó: estás pidiéndoles un trabajo que allí no hacen los hombres; traer la leña al hombro lo hacen las mujeres”. La solución fue sencilla y comunitaria: “Cogimos la carreta con bueyes, cortamos la leña y volvimos todos cantando”. Aquella lección le cambió el enfoque: “Las culturas no son mejores ni peores: son diferentes. Lo importante es poder convivir con la diferencia”.
Esa convicción se afianzó cuando pidió vivir una temporada en un poblado para aprender lengua, costumbres y religiones locales “desde dentro”. “Ver que viniendo de dos mundos totalmente diferentes podemos ser amigos, colaborar y hacer cosas muy bonitas… Si lo aplicáramos al mundo entero, sería muy diferente”, resume. Con los años, constató también cómo la comunicación transformó la vida cotidiana: “Hoy todo el mundo tiene un teléfono —a veces sin saldo—; el mundo ha cambiado totalmente desde el punto de vista de la comunicación”, explica, consciente de que ese flujo externo “golpea” continuamente y obliga a releer la propia historia, también la huella de la colonización.
Su trabajo en parroquias del Chad fue “primera evangelización” y acompañamiento a agricultores y catequistas, en territorios enormes (“una parroquia de 15.000 km², el doble de La Rioja”). Ya en Camerún, su gran frente fue la infancia más vulnerable: “Llevo veintitantos años trabajando con los chavales de la calle”, dice, y precisa de qué habla: menores que “viven 100% en la calle, no están escolarizados y no tienen un adulto responsable”. En Duala conoció un hogar, el Hogar de la Esperanza, nacido 48 años atrás para acoger a chicos del módulo de menores de la cárcel que, al quedar en libertad, no tenían adónde ir. “El objetivo sigue siendo la reinserción familiar y social”, pero para lograrla hace falta tiempo y confianza: “Solo cuando se sienten valorados empiezan a contar la verdad de sus vidas. Hay historias muy difíciles”.
"Viniendo de dos mundos totalmente diferentes podemos ser amigos, colaborar y hacer cosas muy bonitas… Si lo aplicáramos al mundo entero, sería muy diferente”
Alfonso suele explicar la frontera no como un lugar remoto, sino como un movimiento interior: “Para trabajar con los chavales de la calle hay que atravesar una frontera que no es física, sino sociológica y psicológica. Hay poca gente dispuesta a hacerlo de manera estable”, admite. Y añade: “Cuando atraviesas esa frontera con el espíritu que te anima, encuentras cosas horribles, sí, pero también cosas magníficas de contacto humano”. Por eso, confiesa, hoy le resultaría “muchísimo más difícil trabajar en un colegio que con estos chavales”. Una escena de cine le sirve para hablar del “fondo común humano” que ha descubierto en su vida misionera. Hace años proyectó The Kid (Chaplin) a chicos de la calle en Duala. Era mudo, lejano en el tiempo y la cultura. “Reían cuando había que reír, lloraban cuando había que llorar, aplaudían… Hay un fondo común. ¿Cuál? No lo sé, pero existe, y en eso tenemos que basarnos si queremos vivir juntos”, recuerda.
De vuelta a España —ahora en El Puerto de Santa María—, observa el contexto con ojos nuevos. Percibe “fronteras” distintas: “lo políticamente correcto, lo que se puede decir y lo que no”, y la tentación de encerrarse. Su receta es nítida: “Tenemos valores y creemos que son buenos; habrá que anunciarlos” —buscando cómo—, sin renunciar a la convicción de que “las diferencias son importantísimas” y, al mismo tiempo, existe “un fondo común humano… real”. Cuando mira a la Compañía de Jesús, la ve unida por “un fondo común” —no económico, aclara con humor— y en transformación: “La Compañía está cambiando de color. Europa y Norteamérica se quedan con menos; aparecen africanos, indios, latinoamericanos. Seremos probablemente menos y los que lleguen a responsabilidades ya no serán europeos”. Lo dice sin nostalgia, como quien ha vivido ese cambio desde dentro y confía en el futuro.
Alfonso no idealiza la misión ni romantiza el sufrimiento. Prefiere hablar de acompañar, aprender, corregirse, celebrar y volver a empezar. Aquella carreta de bueyes cargada de leña y canciones quizá explique por qué. “Lo importante es convivir con la diferencia”, repite. En sus palabras late la certeza de una vida entera en salida: cruzar fronteras para descubrir —y compartir— ese fondo común a la luz del Señor.