Lunes, 23 de febrero de 2026 Michael D. Swanson (MAR 2024)

Juan 1:35-42

35 Al día siguiente, Juan estaba de nuevo allí con dos de sus discípulos. 36 Al ver a Jesús que pasaba por ahí, dijo: —¡Aquí tienen al Cordero de Dios! 37 Cuando los dos discípulos lo oyeron decir esto, siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les preguntó: —¿Qué buscan? —Rabí, ¿dónde te hospedas? (Rabí significa “Maestro”.) 39 —Vengan a ver —contestó Jesús. Ellos fueron, pues, y vieron dónde se hospedaba. Ese mismo día se quedaron con él. Eran como las cuatro de la tarde. 40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que, al oír a Juan, había seguido a Jesús. 41 Andrés encontró primero a su hermano Simón y le dijo: —Hemos encontrado al Mesías —es decir, el Cristo. 42 Luego lo llevó a Jesús, quien lo miró y dijo: —Tú eres Simón, hijo de Juan. Serás llamado Cefas —es decir, Pedro.

Meditación

Testimonio. Invitación. Proximidad. Transformación. Al leer el relato del evangelista Juan, encontramos una historia que muchos conocen. Juan el Bautista proclama en voz alta que Jesús, un hombre a quien él mismo acaba de bautizar, no es un simple hombre, sino el Cordero de Dios que viene a quitar los pecados del mundo. Como cualquier buen discípulo, Andrés y alguien más corren hacia Jesús y lo siguen. Más tarde, Andrés da a su hermano su propio testimonio de que, por fin, el Mesías de Israel había llegado. El evangelista no incluye la conversación ni los eventos que convencen a Andrés y a su compañero del estatus mesiánico de Jesús. Nosotros, quizás como Simón Pedro, nos quedamos preguntándonos y buscando por nosotros mismos si él realmente es el Cordero de Dios. Históricamente, la temporada de Cuaresma está marcada por el arrepentimiento y la reflexión. Los cristianos pasan estas semanas en ayuno y oración, examinando internamente sus corazones, mentes y manos en anticipación al Domingo de Resurrección. En este corto pasaje, encontramos un ciclo breve —pero repetido— que culmina en la transformación del individuo. El testimonio de Cristo se proclama a aquellos que aún no lo han encontrado; luego, lo buscan ante su invitación de venir y ver quién es realmente. Descubren que, en Cristo, Dios se ha acercado primero a ellos y que en su presencia son transformados. Como Andrés, el testimonio de Juan nos señala la invitación de Jesús de venir a él. Descubrimos que, como Andrés, Pedro y otros a lo largo de las Escrituras, nos encontramos con el Cordero de Dios inmolado y nos marchamos perdonados, sanados y transformados. Muchas historias reflejan la de Simón Pedro. El testimonio de otro conduce a la curiosidad y la invitación, luego a la proximidad y el encuentro y, finalmente, a la transformación. Al enfrentarnos de nuevo a las afirmaciones de los relatos del evangelio, escuchemos la invitación a encontrarnos con Cristo: respondamos tal como lo hizo Pedro, experimentando la transformación a lo largo del camino de la fe; recordemos que nuestra propia sanidad y perdón son el punto de encuentro para un mundo desesperado por la intervención de Dios. Que contemos del Cordero de Dios resucitado: Jesucristo, nuestra esperanza de gloria.   Oh, Dios, sin cuya belleza y bondad nuestras almas no son alimentadas, sin cuya verdad nuestra razón se marchita: consagra nuestras vidas a tu voluntad, dándonos tal pureza de corazón, tal profundidad de fe y tal firmeza de propósito, que con el tiempo podamos llegar a pensar tus propios pensamientos conforme a ti; por Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.   Michael D. Swanson (MAR 2024) Director Nacional de Desarrollo de Personal Coalition for Christian Outreach State College, PA

Credits:

Created with an image by Divine Light - "The road to Emmaus encounter"