Sábado, 12 de abril de 2025 Rev. Will Klauber (MDiv 2019)

Lucas 18:31-19:10

31 Entonces Jesús tomó aparte a los doce y dijo: «Ahora vamos subiendo a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo que escribieron los profetas acerca del Hijo del hombre. 32 En efecto, será entregado a los gentiles. Se burlarán de él, lo insultarán, le escupirán; 33 y, después de azotarlo, lo matarán. Pero al tercer día resucitará». 34 Los discípulos no entendieron nada de esto. Les era incomprensible, pues no captaban el sentido de lo que hablaba. 35 Sucedió que al acercarse Jesús a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna. 36 Cuando oyó a la multitud que pasaba, preguntó qué acontecía. 37 —Jesús de Nazaret está pasando por aquí —respondieron. 38 —¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! —gritó el ciego. 39 Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él se puso a gritar aún más fuerte: —¡Hijo de David, ten compasión de mí! 40 Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando el ciego se acercó, preguntó Jesús: 41 —¿Qué quieres que haga por ti? Y él dijo: —Señor, quiero ver. 42 —¡Recibe la vista! —le dijo Jesús—, tu fe te ha sanado. 43 Al instante recobró la vista. Entonces, glorificando a Dios, comenzó a seguir a Jesús y todos los que lo vieron daban alabanza a Dios. 19:1 Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. 2 Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era rico. 3 Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. 4 Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol sicómoro para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí. 5 Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: —Zaqueo, baja enseguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa. 6 Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa. 7 Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador». 8 Pero Zaqueo dijo resueltamente: —Mira, Señor, ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. 9 —Hoy ha llegado la salvación a esta casa —le dijo Jesús—, ya que este también es hijo de Abraham. 10 Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Padezco de lo que cariñosamente llamo «ojos de hombre». Tengo la capacidad de entrar en mi cocina sabiendo con absoluta certeza que hay una botella de salsa de aderezo en la esquina superior derecha de la nevera. Puedo abrir la puerta, mirar con precisión dónde está esa botella blanca y roja, y no percatarme de dónde está esa gloriosa botella de oro líquido (aunque esté a escasos centímetros de mi cara).

Ante nosotros, hoy, tenemos la narración de la conversión de un desdichado pecador en presencia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Al igual que yo, las personas que rodean a Jesús en este relato no ven lo que tienen delante. No tienen ojos que perciban las cosas de Dios.

J.C. Ryle escribe: «Es imposible, con un pasaje como éste ante nosotros, exaltar excesivamente la gracia de nuestro Señor Jesucristo» (Meditaciones sobre los Evangelios: Lucas, vol. 2, Editorial Peregrino) y, sin embargo, la gente de su entorno no lo ve. También dice: «Podemos sostener con firmeza que hay en él una infinita disposición para recibir y una infinita capacidad para salvar a los pecadores», no obstante, la multitud no puede concebir que Zaqueo sea algo más que un pecador. Antes que admitir tal cosa, preferirán que Jesús mismo sea entregado a los gentiles, juzgado y colgado en una cruz por pecados que no cometió. Ryle dice: «Por encima de todo, no alcanzamos a sostener con la merecida firmeza que la salvación no es por obras, sino por gracia. Si alguna vez hubo un alma buscada y salvada sin haber hecho nada para merecerlo, esa fue el alma de Zaqueo», y si no fuera por la gracia de Dios, yo también querría que los conversos como Zaqueo, con los que me cruzo en esta vida, fueran expulsados a las tinieblas de afuera. Yo también soy incapaz de ver su fidelidad presente, por causa de sus pecados pasados.

La lectura de hoy nos presenta la gran bendición del Evangelio en pocas palabras. Jesús se encamina hacia una muerte brutal, cuyo fruto es la inimaginable gracia de Dios para todos los que simplemente acudan a él. En esta temporada, no nos perdamos la gran bendición de la salvación que ha sido derramada por nosotros. Que Dios abra nuestros ojos al Salvador en medio de nosotros, vuelva nuestros corazones hacia él y produzca en nosotros los mismos frutos de justicia que vemos en Zaqueo. ¡Amén!

Rev. Will Klauber (MDiv 2019)

Iglesia del Buen Pastor

Charleston, SC

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