Zacarías 14:1-9
14 1 »¡Jerusalén! Viene el día del Señor cuando tus despojos serán repartidos en tus propias calles. 2 Movilizaré a todas las naciones para que peleen contra ti. Te conquistarán, saquearán tus casas y violarán a tus mujeres. La mitad de tus habitantes irá al exilio, pero el resto del pueblo se quedará contigo. 3 Entonces saldrá el Señor y peleará contra aquellas naciones, como cuando pelea en el día de la batalla. 4 »En aquel día sus pies estarán en el monte de los Olivos que se encuentra al este de Jerusalén. El monte de los Olivos se partirá en dos de este a oeste, formará un gran valle, con una mitad del monte desplazándose al norte y la otra mitad al sur. 5 Ustedes huirán por el valle de mi monte, porque se extenderá hasta Asal. Huirán como huyeron del terremoto en los días de Uzías, rey de Judá. Entonces vendrá el Señor mi Dios acompañado de todos los santos. 6 »En aquel día no habrá luz ni hará frío. 7 Será un día excepcional que solo el Señor conoce: no tendrá día ni noche, pues, cuando llegue la noche, seguirá alumbrando la luz. 8 »En aquel día fluirá agua viva desde Jerusalén, tanto en verano como en invierno. Una mitad correrá hacia el mar Muerto y la otra, hacia el mar Mediterráneo. 9 El Señor será rey sobre toda la tierra. En aquel día el Señor será el único Dios y su nombre será el único nombre.
El pasaje de hoy parece poco apropiado para el Advenimiento, sobre todo porque normalmente se interpreta como una referencia a la segunda venida de nuestro Señor o a la Semana Santa, cuando estuvo en el monte de los Olivos (¡con un discurso apocalíptico similar para sus discípulos!). El Advenimiento, sin embargo, no es sólo un tiempo para prepararse para las festividades navideñas adornando los pasillos, decorando los árboles y colgando calcetines navideños con esmero; es un tiempo de penitencia a la luz del justo juicio de Dios para salvación.
Podríamos caer en la tentación de pensar que es sólo en la cruz (quizás con la resurrección) que Dios salva mediante el juicio. Si bien es cierto que esto es fundamental para nuestra fe, el misterio de la redención es más profundo. Cuando Dios se hizo humano en la encarnación vino como Juez de todos. ¿El juicio? «Dios miró todo lo que había hecho y consideró que era muy bueno» (Gn. 1:31); al asumir y santificar la naturaleza humana, emitió un juicio preliminar contra todo lo que desfigurara, distorsionara y destruyera su buena creación. Así como en el principio fuimos «hechos a imagen y semejanza de Dios» (Gn. 1:26-27), Él fue enviado «en condición semejante a la de los pecadores» para que Dios «condenara el pecado en la carne» (Ro. 8:3) y nos transformara «a su semejanza con más y más gloria» (2 Co. 3:18).
Este juicio preliminar en la encarnación se corresponde con el juicio final profetizado por Zacarías. Del mismo modo que esta profecía nos lleva a una recreación del cosmos (la creación de la luz que hace eco en los versículos 6-7, la división de las aguas en el versículo 8), nuestro Señor es la luz del mundo (Jn. 8:12) y la fuente de agua viva (Jn. 7:37-39). Nosotros, de igual modo y paradójicamente, hacemos parte de esto por la fe, como Él dice: «Ustedes son la luz del mundo» (Mt. 5:14) y «de su interior [del creyente] brotarán ríos de agua viva» (Jn. 7:38). En efecto, como exclama el apóstol Pablo: «Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!» (2 Co. 5:17). Verdaderamente, ¡el Señor encarnado es «rey sobre toda la tierra»!
Señor trino, aguardamos con ojos expectantes tu venida; guíanos por tu Espíritu al arrepentimiento para que seamos salvos.
Russell Vincent Warren (STM 2012)
Vicepresidente administrativo
Seminario Anglicano Trinity
Ambridge, PA
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