Jeremías 31:31-34
15 La gente estaba a la expectativa y todos se preguntaban si acaso Juan sería el Cristo. 16 —Yo los bautizo a ustedes con agua —respondió Juan a todos—. Pero está por llegar uno más poderoso que yo, a quien ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. 17 Tiene el aventador en la mano para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. La paja, en cambio, la quemará con fuego que nunca se apagará. 18 Y con muchas otras palabras exhortaba Juan a la gente y le anunciaba las buenas noticias. 19 Pero, cuando reprendió al tetrarca Herodes por el asunto de su cuñada Herodías, y por todas las otras maldades que había cometido, 20 Herodes llegó hasta el colmo de encerrar a Juan en la cárcel. 21 Un día en que todos acudían a Juan para que los bautizara, Jesús fue bautizado también. Y mientras oraba, se abrió el cielo 22 y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma de paloma. Entonces se oyó una voz que desde el cielo decía: «Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo».
Juan el bautizador habló con tal claridad profética que muchos lo confundieron con «el Cristo». Así fuera que nuestras palabras brillaran con tal claridad divina que nos confundieran con el Cristo, y que nuestra respuesta fuera como la de Juan: «Yo los bautizo a ustedes con agua, pero está por llegar uno más poderoso que yo, a quien ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias».
En Lucas 3:7-14 se nos da un vistazo de algunas de las exhortaciones de Juan a la multitud y todos los temas del pasaje de hoy.
Juan llama a la multitud judía una infiel «camada de víboras», ignorantes de la necesidad de arrepentimiento de Israel y de toda la humanidad. La muchedumbre tomaba el linaje abrahámico como una protección a prueba de fallos en contra de la naturaleza purificadora de Dios. Ellos habían olvidado que lo que hizo único a Abraham fue su incorporación dentro de la purificadora, exigente y liberadora vida de Dios. Juan señala unas piedras –un juego de palabras, ya que la palabra «piedras» y «niños» están muy próximas tanto en griego como en arameo– y declara que Dios puede resucitar lo que es aparentemente inanimado para que se convierta también en hijo. Confiar en un linaje falsamente observado es peor que ser una roca muda a la que Dios decide dar vida.
Somos una generación que ve la exhortación como algo duro, mezquino e inviable. La claridad moral (marca por excelencia del don profético) rara vez se observa en nuestros días, pero las exhortaciones de Juan están inextricablemente unidas a su predicación de «las buenas noticias» al pueblo (3:18).
En lugar de huir de la ira venidera, Juan les insta a ellos y a nosotros, a permanecer; a mantener el arrepentimiento y a llevar el fruto de esa persistencia que recibimos como gracia divina. Juan puede hablar con confianza porque sabe que esta justa persistencia –de la que carecemos– será hecha posible, finalmente, por Dios mismo.
Los hijos que permanezcan bajo la guía del «Padre nuestro que está en el cielo» cosecharán recompensas de justificación y darán la bienvenida a la bondad del Padre, incluso en la forma purificadora del «fuego que nunca se apagará» (3:17). Al igual que el resto de nosotros, Jesús fue bautizado y, a través de Él, podremos recibir la misma apreciación del Padre desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo» (3:22).
Padre eterno, concédenos, a los que hemos nacido de nuevo por el agua y el Espíritu, ser fieles como hijos adoptivos tuyos; por Jesucristo nuestro Señor, amén.
Bennett Potter (MAR 2017)
ACNA
Kansas City, KS
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