BORGES Y LA GNOSIS SIMBÓLICA
Por José Manuel Chino
Detrás de cada cuento de Borges hay más que una historia bien contada. Hay una tensión que no se agota en la forma ni en el ingenio. Hay una pregunta, a veces apenas susurrada, que nos empuja al abismo del conocimiento: ¿Quién soy? ¿Qué es el mundo? ¿Qué significa conocer? Y si todo es un laberinto, ¿dónde queda la salida?
A lo largo de su obra, Jorge Luis Borges tejió una red de símbolos que, sin proclamarlo abiertamente, resuena con la vieja inquietud gnóstica: la sospecha de que este mundo visible no es el verdadero, y que sólo un saber oculto —una gnosis— puede abrir la puerta hacia lo real. No fue un gnóstico en el sentido tradicional ni un iniciado en ninguna escuela esotérica formal, pero su literatura vibra con los ecos de una espiritualidad intelectual, radical, simbólica.
El símbolo como umbral
Borges no profesaba una fe, pero creía en el poder de la imagen, de la metáfora, del lenguaje como vía hacia lo inefable. Lejos de la literatura comprometida o del realismo anecdótico, su escritura se mueve en otra frecuencia: la del símbolo. Y el símbolo, en su acepción más profunda, no representa: revela.
Al igual que en la tradición hermética, en Borges el símbolo es un umbral entre dos mundos. La palabra abre un resquicio. Lo visible remite a lo invisible. Lo finito, al infinito. Borges sabía —porque lo leyó, pero también porque lo intuyó— que hay cosas que sólo pueden decirse sin decirse. Por eso, sus cuentos funcionan como espejos rotos: fragmentos que reflejan algo mayor que ellos mismos.
La Biblioteca de Babel: un universo caído
En “La Biblioteca de Babel”, Borges imagina un cosmos compuesto por libros. Todos los libros posibles, todos los signos combinados de todas las maneras. Y sin embargo, en ese exceso de sentido, reina el sinsentido. El mundo se convierte en un laberinto textual donde la verdad existe, pero es indistinguible del error.
¿No es esa, acaso, una imagen moderna del mito gnóstico? Un universo creado no por un dios sabio y bondadoso, sino por un demiurgo torpe, ciego, que ha arrojado a los hombres a una prisión de signos. El verdadero conocimiento —la gnosis— está ahí, oculto entre millones de páginas absurdas. Sólo lo encuentra quien ha aprendido a leer más allá de las letras.
En esa biblioteca, el símbolo es la única brújula posible.
El Aleph: totalidad sin consuelo
“El Aleph” es quizás el cuento más citado de Borges, y no sin razón. Ahí se presenta un punto del espacio que contiene todos los puntos, una visión simultánea del universo entero. Es una experiencia mística, pero también insoportable. Verlo todo es perderlo todo: perder el orden, el sentido, la identidad.
Ese Aleph es un símbolo gnóstico por excelencia. Representa el pleroma, la plenitud divina que se ha fracturado en la creación. Pero en Borges, esa plenitud no redime: abruma. No consuela: desintegra. Es el reverso del paraíso.
El personaje que contempla el Aleph no se salva. Tampoco se ilumina. Pero ya no es el mismo. Algo —una grieta, una claridad, una angustia— se ha abierto en su mirada.
Espejos, tigres y laberintos
Los símbolos borgianos son múltiples y maleables. El espejo, que duplica y traiciona. El tigre, que arde como imagen de lo inasible. El laberinto, que no encierra cuerpos, sino preguntas. Borges los hace circular como signos flotantes que dialogan entre sí, que se reflejan unos en otros como en una ceremonia hermética.
En “Las ruinas circulares”, por ejemplo, un hombre sueña a otro hombre y lo crea. El sueño —ese otro símbolo gnóstico— es la materia del mundo. Todo podría ser un simulacro. Incluso el soñador. Incluso nosotros.
En “El Zahir”, el símbolo es una moneda. Un objeto tan ordinario que, al ser mirado con intensidad, consume toda la realidad. El símbolo devora al símbolo. Lo visible se vuelve una trampa. Y lo que parecía cotidiano se revela como puerta a la locura o a la revelación.
Borges como gnóstico laico
A diferencia de los gnósticos antiguos, Borges no cree en un alma inmortal que debe regresar a la luz original. No hay fe en su propuesta. No hay salvación. Pero sí hay una lucidez que duele. Una necesidad de atravesar el velo de las apariencias. Una fascinación por el conocimiento que transforma.
La gnosis borgiana es una gnosis literaria. Se accede a través de la lectura, de la reflexión, de la intuición estética. No hay iniciaciones ni revelaciones sobrenaturales. Pero hay símbolos. Y hay preguntas. Y hay vértigos.
Leer a Borges es, en el fondo, permitir que algo en nosotros despierte. Que algo se desplace. Que algo se reconozca.
En Borges, los símbolos no sólo dicen: esperan. Son puertas abiertas. Rutas hacia otra forma de ver. Nos invitan a dejar de buscar respuestas y a comenzar a formular preguntas verdaderas. Nos recuerdan que detrás de cada forma hay una fuerza. Que detrás de cada relato hay una estructura secreta. Y que tal vez el mundo no sea más que una narración... una entre muchas.
Quizás Borges no fue un gnóstico. Quizás fue algo más difícil: un hombre que creyó en la literatura como experiencia del misterio. Un artesano del símbolo. Un buscador sin fe, pero con asombro.
Y eso —en tiempos de ruido, datos y explicaciones— es ya una forma de sabiduría.
Créditos:
Creado con imágenes de Tanu - "Man stands in illuminated labyrinth surrounded by smoky atmosphere and fiery elements at night" • Ahmad - "A single door leading into nothingness, representing the uncertainty of future paths and the endless possibilities that exist within the unknown" • Reza - "Labyrinthine Library with Infinite Shelves and Dimensional Portals" • Sirichai - "Shattered: A dramatic black and white portrait of a woman with a cracked and weathered face, symbolizing vulnerability, pain, and the fragility of the human spirit."