MUPIM Revista • MENTES EN MARCHA
En esta nota, Tomás Jorge Montero nos invita a un recorrido histórico por las primeras expresiones de cooperación y ayuda mutua en la antigüedad. Desde las asociaciones grecorromanas hasta las experiencias comunales en Mesopotamia y los sorprendentes megayacimientos de Ucrania y Moldavia, descubrimos cómo la solidaridad y la organización colectiva han estado presentes desde los orígenes de la humanidad, sentando las bases del mutualismo que conocemos hoy.
La cooperación como motor de la historia
El mutualismo ha sido uno de los principales movimientos que posibilitó el desarrollo del proyecto de vida de numerosos hombres y mujeres en los últimos, al menos, trescientos años. Basado en los valores de solidaridad, neutralidad política y ayuda mutua, ha sido la base para la creación de estructuras que posibilitaron el acceso de millones de personas a créditos para capitalización y consumo, previsión social y provisión de salud y educación, entre numerosos otros beneficios. Si bien en las últimas décadas muchas de estos comenzaron a ser ofrecidos por otros actores, desde múltiples tipos de entidades financieras hasta distintas dependencias estatales, las mutuales siguen siendo una parte fundamental de nuestras sociedades -que proponemos debe ser defendida y reivindicada- debido a que se basan en un elemento que consideramos intrínseco a la condición humana: la cooperación. Por ello, en el presente artículo identificaremos algunos de los primeros indicios de prácticas mutuales y cooperativas entre las primeras etapas de la humanidad.
Las primeras asociaciones entre las que podemos encontrar prácticas semejantes a las del mutualismo moderno pueden ser halladas en la antigüedad greco-romana (que dataremos, a grosso modo, entre el siglo VII a.C. y el año 476 d.C.). La vida en las ciudades clásicas giraba en torno a dos estructuras que dotaban a sus miembros de identidad, el oikos (familia) y la polis (comunidad política). Sin embargo, aún en los momentos de mayor participación política -como la Atenas democrática de la segunda mitad del siglo V a.C.-, la ciudadanía estaba restringida a un porcentaje minoritario de la sociedad, que no incluía a mujeres, extranjeros ni esclavos libertos, por lo que proliferaron distintos tipos de asociaciones, basadas en distintos parámetros, para satisfacer las necesidades de estas personas.
En primer lugar, podemos encontrar asociaciones basadas en relaciones familiares, como las phratriai (hermandades) griegas. Estas consistían en grupos de familias relacionadas, que rendían culto a los mismos ancestros y habitualmente residían en el mismo distrito; poseían tierras -incluyendo cementerios- cuyo cultivo generaba ganancias a distribuir entre los miembros, lo que habría hecho posible que familiares que no accedían a la ciudadanía por su condición de extranjeros de la polis puedan recibir beneficios agrícolas. Si bien en el mundo griego estas asociaciones son exclusivas para los descendientes masculinos de la familia, en la sociedad romana encontramos algunas que incluyen a los distintos miembros de la gens (grupo familiar), como mujeres y sirvientes, por ejemplo, la asociación dionisíaca, que entre sus 402 miembros contaba a Pompeya Agripinnilla, sacerdotisa de Dionisio y esposa del senador y ex-cónsul Marco Gavio Esquila Galicano.
A partir del siglo I a.C., tanto en los reinos griegos formados a partir de las conquistas de Alejandro Magno como en el Imperio Romano, la convivencia entre una elite greco-romana y población proveniente de regiones como Egipto, Anatolia, Siria y Judá dio lugar al surgimiento de otro tipo de asociaciones. Estas se basaron en los cultos religiosos (mayormente a divinidades provenientes del Mediterráneo Oriental como Isis, Mitra, Ba’al, e incluso Yahveh), y a veces en vivir en los mismos barrios o en realizar los mismos trabajos, para nuclear a extranjeros y proveerles de un grupo de pertenencia que pueda brindarles protección, seguridad financiera y garantizarles un entierro y ritos fúnebres. Así encontramos, por ejemplo, a los “Astilleros y almaceneros Posidonistas de Beirut” en Delos, a un grupo de albañiles provenientes de Selge que residían en Cilicia, e incluso a las distintas comunidades de judíos y cristianos que se extendieron por las ciudades griegas y romanas. Estas asociaciones se sostenían con los aportes de sus miembros, conformaban asambleas de miembros que elegían a sus dirigentes y tesoreros, y habitualmente buscaban el patronazgo de miembros de la élite local, como es el caso de Julia Severa con la iglesia del apóstol Pablo en Tesalónica, para que los protejan ante las ocasionales persecuciones estatales y los ayuden para adquirir un espacio donde construir un templo.
Debemos aclarar que estas asociaciones basadas en oficios -entre las que encontramos numerosos ejemplos, como ser banqueros, panaderos, barberos, pescadores, metalúrgicos del cobre, albañiles, leñadores, probadores de vino, etc.- no llevan adelante, en general, reivindicaciones por mejoras en las condiciones laborales sino que su función principal es crear espacios de sociabilidad y ayuda mutua para personas que no poseen relaciones familiares que les provean protección y vínculos con la ciudad en la que residen. Sin embargo, hay algunas excepciones halladas en la ciudad de Éfeso, donde encontramos una huelga de panaderos en Éfeso y enfrentamientos entre las fuerzas de la ciudad y artesanos de la plata.
Ahora bien, tras haber identificado algunos de los principales ejemplos de mutuales con un funcionamiento similar al que conocemos nos preguntamos, ¿habrá experiencias similares en períodos anteriores?
En primer lugar, dirigiremos nuestra búsqueda hacia la Baja Mesopotamia, en el sur de la actual República de Iraq, en el sudoeste del continente asiático. Allí nos encontraremos con una llanura aluvial formada por la deposición de sedimentos por los ríos Éufrates y Tigris, es decir un amplio terreno mayormente plano y pantanoso, en el que un grupo humano hablante de la lengua que conocemos como sumeria construyó las que tradicionalmente se identifican como las primeras ciudades de la humanidad. Este proceso, que el arqueólogo V. Gordon Childe llamó “Revolución Urbana”, se ubicaría entre los 3500 y los 2700 años a.C., y se evidenciaría principalmente en el surgimiento de la escritura cuneiforme en la ciudad de Uruk, como una tecnología desarrollada por parte de una élite sacerdotal, y luego de la realeza, para poder administrar el excedente producido por la agricultura excedentaria, y así imponer tributación a las familias campesinas.
Sin embargo, como el registro histórico es reconstruido principalmente a partir de documentos escritos, producidos por el Estado y las elites letradas, lo que lleva a que nuestro conocimiento del pasado sea siempre incompleto y fragmentario, una gran porción de la experiencia humana a lo largo del tiempo no está registrada en una documentación que responde a los intereses de la burocracia. Por lo tanto, debemos preguntarnos ¿no había nada en la ciudad de Uruk, y en su región circundante, antes de lo que los escribas sumerios registran?
El registro arqueológico nos indica que sí. El fenómeno urbano se desarrolla a partir de la acumulación de recursos producida por miles de años de trabajo llevado adelante por poblaciones móviles que domestican al territorio a partir del control del fuego, luego a animales y vegetales con los que comparten la vida y se alimentan y cuidan mutuamente, y a partir de ello en algunas zonas puntuales se desarrollan prácticas agrícolas y ganaderas. Éstas requieren el desarrollo de obras hidráulicas para secar pantanos, desviar cursos de agua y excavar canales de irrigación que requieren un trabajo colectivo que, dado que antecede a la existencia de las ciudades-estado, podemos pensar como realizado por asociaciones de familias que se organizan y trabajan en conjunto para lograr un objetivo en común. Finalmente, en términos del antropólogo James C. Scott, podemos pensar que la formación del Estado se da a partir de una última domesticación: la de los propios seres humanos, al subordinar a esas aldeas basadas en la cooperación y la reciprocidad a la autoridad de una élite urbana.
Pero tenemos numerosas fuentes de información que nos indican que éste no fue un proceso unilineal, aceptado pasivamente por las comunidades, sino que el poder urbano era frágil y debía ser negociado permanentemente con actores comunales. Algunos son literarios, como el Atrahasis, un poema babilónico que narra que en el comienzo de los tiempos los dioses habían creado a deidades menores para que trabajen la tierra para ellos, pero estas se rebelaron y demandaron la creación de los hombres para realizar las tareas agrícolas. En documentos históricos, por su parte, encontramos numerosas referencias a ese mismo componente asambleario y deliberativo en la toma de decisiones de la sociedad mesopotámica; las ciudades tienen distintos tipos de gobiernos locales llevados adelante por consejos de ancianos u otros órganos colegiados -llamados en acadio puḫrum- que toman decisiones judiciales y se encargan de la administración local, aún en épocas de los emperadores asirios del siglo VII a.C., que se presentan como reyes conquistadores y todo-poderosos.
De esta manera, encontramos que las primeras sociedades estatales se construyen sobre una red de trabajo mutual y cooperativo, a la que intentan subordinar pero nunca lo logran plenamente, ya que aunque no siga existiendo con las mismas características, la continuidad del gobierno local en la Mesopotamia es un indicador de su supervivencia en el ámbito aldeano. Pero si el mutualismo puede encontrarse en los antecedentes de las primeras ciudades, ¿podremos identificarlo en algún caso en el que no haya habido un desarrollo estatal que aproveche los recursos producidos comunalmente?
En su obra del año 2022 “El amanecer de todo: Una nueva historia de la humanidad” los antropólogos David Graeber y David Wengrow proponen que el origen de la desigualdad entre las personas no es un elemento que deba darse naturalmente para conformar sociedades complejas que posibilitan la manutención de grandes grupos humanos, sino que el grueso de la experiencia humana (al menos desde el desarrollo del género homo como una subespecie de primates, hace alrededor de dos millones de años) se dio en forma de sociedades móviles, basadas en el trabajo cooperativo, entre las que se dieron distintos tipos de relaciones políticas de acuerdo a las múltiples formas posibles de acceder a los recursos. Algunas de ellas eligieron mantenerse como cazadoras-recolectoras -incluso hasta el día de hoy- aún teniendo la capacidad de cultivar, y otras incluso formaron grandes urbanizaciones en las que sin embargo no surgió una estructura socio-política que cristalice las desigualdades, tal como describimos previamente. Esto puede ser ejemplificado con los llamados “megayacimientos” de Ucrania y Moldavia, como ser los de Talianki, Maidanetske y Nebelivka, habitados entre los 4100 y los 3300 años a.C.
El primero tiene una superficie de 300 hectáreas, lo que supera en extensión a las primeras fases de la ciudad de Uruk. No presenta evidencias de administración central, almacenes comunes, edificios gubernamentales, fortificaciones ni arquitectura monumental. Sí se han hallado unas mil casas rectangulares, de unos cinco metros de ancho y diez de longitud, construidas con cañas y adobe sobre encofrados de madera, y con cimientos de piedra. Cada una tiene jardines adosados, y están construidas grandes anillos con espacios concéntricos entre ellos. En el centro hay un gran espacio vacío; que pudo haber tenido funciones tales como el espacio de asambleas populares, de ceremonias o el estabulado estacional de animales.
Otro aspecto sorprendente es que se encuentran cerca uno de los otros, separados por, como máximo, 10 o 15 kilómetros de distancia. Su población total -estimada en muchos miles por megayacimiento- debería haber extraído sus recursos, por lo tanto, de una zona cultivable externa común. Y, sin embargo, su huella ecológica parece haber sido sorprendentemente ligera, quizás porque sólo se ocupaban durante parte del año, alternando temporadas sedentarias y otras nómades. Esto es coherente con estudios arqueológicos de su economía, que sugieren un patrón de jardinería a pequeña escala, a menudo dentro de los límites del asentamiento, combinado con el mantenimiento de ganado, el cultivo de huertos y una amplia gama de actividades de caza y forrajeo. Además, recibían sal, piedras y cobre de lugares lejanos, y producían cerámica.
Si bien en estos megayacimientos se producía un excedente, éste no dió lugar a la formación de una élite basada en el uso de la violencia. No podemos saber exactamente por qué, pero el registro material doméstico nos da algunos indicios. En primer lugar, encontramos que todas las casas son iguales, pero en cada una hay variaciones en la cultura material, como vajillas, figuras femeninas de cerámica y maquetas a escala de las casas, lo que indica distintas adaptaciones particulares de los cultos domésticos con cierta preponderancia femenina. En segundo lugar, encontramos que se forman conjuntos de casas, algunos irradiando desde el centro hasta la periferia del sitio, separados del resto por zanjones para demarcar barrios en los que todas las casas tienen acceso por igual a casas de asambleas en las que podrían darse reuniones cuyo carácter desconocemos, pero que conforman un mundo basado en la relación horizontal con los vecinos, que surge desde las particularidades de cada casa a la reunión para llevar adelante la deliberación y las tareas conjuntas.
De esta manera, cerramos por el momento nuestra indagación en las experiencias mutualistas de la antigüedad. Nuestro recorrido nos llevó desde las ciudades grecorromanas, en las que -entre mediados del I milenio a.C. y comienzos del I milenio d.C.- encontramos algunos de los primeros indicios de un mutualismo similar al que conocemos en el mundo moderno: asociaciones de hombres y mujeres que buscan en la cooperación las herramientas para mejorar sus condiciones de vida en sociedades a veces hostiles. Luego, analizamos cómo en las primeras sociedades estatales -las de la Mesopotamia asiática entre fines del IV y mediados del I milenio a.C.- la ayuda mutua y el gobierno local sentaron las bases del desarrollo económico y político, aún cuando éste escapaba al control de las realezas urbanas. Y finalmente propusimos que la experiencia humana es mucho más vasta y compleja que aquella que se refleja en perspectivas que suponen la conformación de lo estatal y de las desigualdades como el único destino posible, ya que casos como los de los megayacimientos ucranianos de entre fines del V y fines del IV milenio a.C. indican que aún en sociedades complejas puede darse una estructura productiva excedentaria basada en la cooperación y la ayuda mutua. En futuros trabajos podemos continuar nuestro análisis sobre las prácticas que podemos reconstruir de las poblaciones cazadores-recolectoras, pero por lo pronto cerramos el presente artículo con nuestra propuesta fundamental.
Los seres humanos somos una especie capaz del ejercicio de la violencia y de la injusticia, pero éstas no son inherentes ni deben necesariamente hegemonizar todo nuestro desarrollo. Somos capaces también de la cooperación, de la solidaridad, y de crear vidas basadas en el amor y la hermandad; están en la base del desarrollo de nuestras sociedades. Si es que existe una naturaleza humana, preferimos creer que es ésta última.
Tomás Jorge Montero
Profesor en Historia por la Universidad Nacional de Luján y estudiante de la Maestría en Estudios Histórico-Arqueológicos en la FFyL-UBA.
Se desempeña como Ayudante de Primera en las cátedras de Historia del Antiguo Oriente e Historia Antigua Clásica en la UNLu. Además, es profesor de Historia del Mundo Antiguo y de Problemas históricos de Asia y África en los profesorados de Historia de los Institutos Superiores de Formación Docente N.º 21 (Moreno), N.º 29 (Merlo) y N.º 45 (Haedo).
También dicta clases en escuelas secundarias de la zona oeste del Gran Buenos Aires y ha publicado artículos sobre las familias en la antigua Mesopotamia y sobre la enseñanza de la antigüedad.
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