Armando Jesús Lovera nació en Iquitos (Perú), tierra de misión confiada a los agustinos. En 1992 ingresó en la casa de formación agustina Santo Tomás de Villanueva, en Trujillo, entonces dirigida por Robert Prevost. Ahí nació una amistad duradera con el hoy Papa León XIV. Tan profunda, que Armando llama a León "amigo del alma". Una amistad que Armando ha reflejado en 'De Roberto a León', el libro que acaba de publicar con el Grupo de Comunicación Loyola donde trabaja, entre otras cosas, como uno de lo redactores del Taco Calendario del Corazón de Jesús. Hablamos con él sobre esa amistad y sobre el lado más personal de León XIV para descubrir a un hombre dialogante, de profunda oración y con un gran sentido del humor.
¿Cómo empezó tu amistad con Robert Prevost?
Nos conocimos en Bojacá (Cundinamarca, Colombia) en 1991. Él era formador en Trujillo, Perú, de los aspirantes agustinos del Vicariato de Chulucanas, en el norte del país. Me lo presentaron como agustino, canonista y estadounidense; pensé que sería una persona solemne y muy de protocolos. Me equivoqué: se mostró cercano, atento y comprometido. En aquellos años, Sendero Luminoso (un grupo terrorista) había amenazado a misioneros extranjeros en el Perú; le preguntamos por esta situación, por su compromiso con la gente, sus precauciones y sus esperanzas. Me alegró ver que disfrutaba de la comida peruana y que hablaba un español muy fluido, casi sin acento.
¿Cómo fue evolucionando vuestra relación hasta convertirse en una amistad tan cercana?
Yo también quise ser misionero agustino como él. En 1992 ingresé a la casa de formación de Trujillo, y esa experiencia marcó mi vida. El ideal agustino de «tener un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios» me caló hondo: me abrió la puerta a conocer gente buena y a vivir la espiritualidad de la amistad, que se alimenta en lo cotidiano. Hay una frase de san Agustín que siempre me ha acompañado. No la sé de memoria, pero dice así: «Conversar, reír, servirnos mutuamente con agrado; leer juntos buenos libros, bromear y divertirnos en compañía; discutir a veces sin animosidad, como cuando uno discrepa de sí mismo, y condimentar con esas raras disensiones lo mucho que teníamos en común; enseñarnos mutuamente, suspirar por los ausentes, acoger con alegría a quienes llegaban. Con estos y otros signos semejantes que nacen del corazón de los que se aman, nuestras almas se fundían y de muchas se hacía una sola». Además, tuve la gracia de contar con él como director espiritual. A finales de 1998 fue elegido Prior Provincial de su provincia en Chicago y tuvo que regresar a Estados Unidos. En 1999 yo emprendí otro rumbo en mi vida. Sin embargo, la amistad continuó. Las nuevas tecnologías nos ayudaron a mantenernos cerca: primero el correo electrónico, luego las videoconferencias y más tarde WhatsApp, con sus chats y llamadas. Nunca perdimos el contacto y hemos podido vernos con frecuencia.
¿Qué significa para ti llamarle “amigo del alma”?
Ser «amigo del alma» significa que nuestra amistad no descansa en nosotros solos, sino en Aquel que nos llama, nos reúne y nos envía. Un amigo del alma, en clave cristiana, es un amigo en Jesús: juntos hemos recibido la alegría de su llamada y la carga de su misión, la de compartir el Evangelio con los demás. Eso nos ha permitido compartir la vida entera, desde la cercanía y el cuidado, hasta el respeto y la esperanza. Su presencia, la de Jesús, y la de Roberto, ha estado ahí en mis grandes decisiones y también en los gestos simples del día a día. Es una amistad que hunde su raíz en Dios. Por eso vence la distancia y resiste el paso de los años. No depende de vernos seguido, sino de compartir la misma orientación de vida, con Dios como testigo y garante. Es la unión que no se rompe con la ausencia ni con el tiempo. Es lo que san Agustín llamaba la “amistad del alma”: comunión de corazones que permanece viva y fecunda, incluso más allá de la muerte.
¿Hay alguna anécdota íntima o divertida que muestre su lado más humano, lejos de los cargos y la formalidad?
Así, sin pensarlo mucho, me viene la siguiente. Un exaspirante agustino murió en un accidente de tráfico cerca de Lima. Los padres, que vivían en el norte del Perú, le pidieron que recogiera el cuerpo de su hijo y lo llevara hasta casa. Y él lo hizo. Fueron casi dos mil kilómetros de trayecto. Al recoger el cadáver se identificó, presentó la autorización y firmó los documentos necesarios. Un periodista que cubría la noticia cometió un error: incluyó su nombre en la lista de fallecidos. Al día siguiente, un periódico local publicó: «Párroco trujillano fallece en fatal accidente. Se trata del padre agustino Robert Prevost». Los feligreses, al leerlo, lloraron, se lamentaron y fueron hasta la casa de los agustinos para expresar su luto. Llamaron a la puerta. Y él mismo abrió.El desconcierto se transformó en alegría y abrazos. Entre lágrimas y risas, alguien bromeó: «No estaba muerto, andaba de parranda». Entonces él explicó lo ocurrido. Y en medio de la confusión, pudo experimentar de primera mano el cariño inmenso que le tenía su gente.
¿Cómo logras mantener la amistad con alguien que ahora tiene una agenda tan intensa? ¿Seguís hablando a menudo?
Siempre hemos considerado la amistad como don de Dios. San Agustín dice: «No hay amistad verdadera sino entre aquellos a quienes Tú aglutinas entre sí por medio de la caridad». También hemos considerado que la amistad no se trata solo de mirarnos mutuamente, sino de compartir horizontes. Mirar juntos. Somos apasionados del Evangelio de Jesús. No solo de conocerlo racionalmente, sino de vivirlo en la vida cotidiana. De descubrir en el otro, el rostro del amigo que nunca falla: Jesús. Hoy él es el Papa. La noche de su elección le escribí: «Buenas noches, Santo Padre. Rezamos por ti. Siempre lo hacemos. Ahora más. Dios te siga bendiciendo. Cuenta con nosotros». Desde entonces, cada día lo encomendamos en nuestra oración. Esa es la misión principal de mi familia con él: acompañar su ministerio desde la oración continua. Es nuestro amigo, y como tales lo acompañaremos en su servicio a la Iglesia. Habrá momentos para encontrarnos en persona —ya estuvimos con él a finales de julio—, pero la verdadera cercanía la vivimos en lo profundo: unidos siempre en Jesús, el amigo por excelencia.
¿Qué cualidades personales de Robert Prevost destacarías?
Sabe escuchar, y lo hace con paciencia, empatía y serenidad. Sabe expresar lo que siente y lo que espera; lo dice con cuidado, pero también con firmeza. Es un hombre de profunda oración, cuya vida está marcada por un encuentro permanente con Jesús. Y es, ante todo, una persona comunitaria: disfruta de la amistad, de rodearse de gente y cultivar esos lazos.
¿Cómo lo describirías en tres palabras, si tuvieras que resumirlo?
Amigo, misionero y pastor.
¿Qué pasiones o aficiones personales mantiene más allá de su vocación religiosa?
Le encanta el tenis: él va con Sinner y yo con Alcaraz. También sigue el fútbol: en Italia es de la Roma; en España, del Real Madrid —herencia de Miguel Ángel Martín Juárez, presbítero agustino que trabajó a su lado durante doce años—, mientras que yo tiro más por el Barcelona. En el Perú animaba al San Agustín, aquel equipo que en los noventa aún jugaba en primera división. De los dos grandes del Perú, Universitario y Alianza Lima, nunca se inclinó por ninguno… aunque sabe ser amigo incluso de los hinchas del Alianza. También le gusta el béisbol: es forofo de los White Sox de Chicago. Y disfruta conducir. Fue él quien me enseñó, y juntos recorrimos miles de kilómetros por carreteras y autopistas de Perú, España, Italia y Estados Unidos.
¿Qué crees que lo distingue como líder espiritual respecto a sus predecesores?
A este tema le dedico un capítulo especial en mi libro, titulado «El Evangelio del león». Allí me permito identificar a cada papa con un evangelista y dar las razones de esa elección: Francisco con Lucas, Benedicto con Juan, Juan Pablo II con Mateo… El resto lo reservo para dentro de cinco años.
¿Qué reconoces de Robert en León?
Robert y León son la misma persona, pero las funciones han cambiado por completo. Hoy Robert es el Papa, es León XIV. Y, sin embargo, permanece intacto lo esencial: sigue siendo alguien que sabe escuchar, que busca la unidad, que valora la riqueza de la diversidad, que ama a la Iglesia y que procura ponerse siempre en el lugar del otro, con la compasión misma de Jesús.
¿Qué te motivó a escribir un libro sobre él y vuestra amistad?
Ante todo, es un encargo: una invitación del Grupo de Comunicación Loyola. Pero también nace del deseo de que quienes no lo conozcan, lo conozcan de cerca. Es el Papa, sí, pero sigue siendo un amigo. Y amigos, tiene muchos.
¿Qué facetas del Papa crees que sorprenderán más a los lectores?
Supongo que su amistad. La amistad es una experiencia universal. Necesaria en cuanto a seres sociales que somos. Pero como cristianos, es quizá la clave para responder a la llamada que el Señor nos hace. De ahí su recomendación: «La amistad con Cristo, que está en la base de la fe, no es solo una ayuda entre muchas otras para construir el futuro, es nuestra estrella polar... Ámense los unos a los otros. Ámense en Cristo. Sepan ver a Jesús en los demás. La amistad puede cambiar verdaderamente el mundo. La amistad es el camino hacia la paz».
¿Cuál es el capítulo o la historia del libro que más te emociona personalmente?
Cada capítulo me ha supuesto mucho tiempo de investigación, de hacer memoria, de valorar la conveniencia de lo que voy a narrar, de discernimiento, de oración… Y es que, además, quería que fuesen independientes. Si tuviera que elegir, me quedaría con el capítulo 17. Que es como una acción de gracias por la amistad. Lo escribo desde el recuerdo vivo de una eucaristía, en la memoria de santa Marta, María y Lázaro, amigos de Jesús. Una eucaristía a las 7 de la mañana, en la que oramos, compartimos la Palabra, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Papa y yo. Y junto a nosotros, toda la Iglesia.
¿Qué esperas que quede como legado de Robert Prevost en la Iglesia y en el mundo?
Espero que sepa cuidar la unidad de la Iglesia en medio de la polarización, presente en la Iglesia y en el mundo. Que cure las heridas, de dentro y fuera de la Iglesia. Que con las oraciones y compromiso de todos cesen los conflictos armados, de modo especial el de Rusia-Ucrania, y el de Israel con Hamás. Que el deseo de paz se haga realidad.
¿Cómo te ha transformado a ti, en lo personal, esta amistad?
Su amistad es un don de Dios. Como dije antes, su amistad me ha transformado porque me enseñó a vivir el ideal agustiniano de «un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios». Con él descubrí que la espiritualidad de la amistad no es teoría, sino experiencia cotidiana: compartir la mesa, las conversaciones, las dudas y las decisiones. Su presencia me acompañó en momentos clave de mi vida y también en lo pequeño de lo cotidiano. Me ha hecho más consciente de que la amistad verdadera hunde su raíz en Dios y que, cuando esto ocurre, resiste las distancias, el tiempo y los cambios de destino. Gracias a él entendí que la fe se vive mejor acompañado, mirando juntos hacia el mismo horizonte. Y hoy, incluso con su carga de responsabilidades como Papa, sigo reconociendo en él al amigo del alma que me recuerda que Jesús es el amigo por excelencia. Y que, desde la amistad, se puede transformar el mundo.