Mateo 26:1-25
1 Después de exponer todas estas cosas, Jesús dijo a sus discípulos: 2 «Como ya saben, faltan dos días para la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para que lo crucifiquen». 3 Se reunieron entonces los jefes de los sacerdotes y los líderes religiosos del pueblo en el palacio de Caifás, el sumo sacerdote, 4 y con artimañas buscaban cómo arrestar a Jesús para matarlo. 5 «Pero no durante la fiesta —decían—, no sea que se amotine el pueblo». 6 Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, que había tenido una enfermedad en su piel, 7 se acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume muy caro, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús mientras él estaba sentado a la mesa. 8 Al ver esto, los discípulos se indignaron. —¿Para qué este desperdicio? —dijeron—. 9 Podía haberse vendido este perfume por mucho dinero para dárselo a los pobres. 10 Consciente de ello, Jesús dijo: —¿Por qué molestan a esta mujer? Ella ha hecho una obra hermosa conmigo. 11 A los pobres siempre los tendrán con ustedes, pero a mí no me van a tener siempre. 12 Al derramar ella este perfume sobre mi cuerpo, lo hizo a fin de prepararme para la sepultura. 13 Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se predique este evangelio, se contará también, en memoria de esta mujer, lo que ella hizo. 14 Uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue a los jefes de los sacerdotes.
Meditación
María unge a Jesús (1684), del monje copto Ilyas Basim Khuri Bazzi Rahib, es, como gran parte del arte copto, sencillo y sobrio. Podría describirse como un enfoque «al desnudo» de los elementos de la composición: está Jesús, quienes lo rodean y poco más que distraiga la mirada. Jesús se distingue de los demás y de nosotros; su divinidad está señalada por su halo. De los demás, la que destaca es la mujer que unge los pies de Jesús. Destaca porque todos son hombres y ella es una mujer; destaca porque ellos están sentados erguidos y siendo servidos, mientras ella está debajo de la mesa, de rodillas; y destaca porque ellos son servidos mientras ella sirve. Sin embargo, cuando observamos más de cerca el cuadro, nos damos cuenta de que las cosas no son como aparentan. Aunque los hombres parecen, en todo, ser los que más se asemejan a Jesús, en realidad son los más distintos, al menos en este momento: están mirando de un lado a otro, ocupados consigo mismos y con sus estómagos, y no pueden ver que ella está haciendo una gran demostración. Ella unge a Jesús para preparar su cuerpo para la sepultura (v. 12) y, en sus acciones, está pintando un cuadro sobre la naturaleza misma de Dios, mostrándonos un vistazo de la identidad de Jesús porque «el Hijo del Hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). La mujer lo adora desde su bajeza porque él es, en su grandeza, el Dios crucificado.