EL NUEVO PROMETEO REVISTA LOGIA

EL NUEVO PROMETEO

DE MARY SHELLEY A LO POSMODERNO

Por Dulce María Velázquez Vera

“Nada es tan doloroso para la mente humana como un gran y repentino cambio.” — Mary Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo

El mito como anticipación simbólica

La literatura —y en especial la literatura de ciencia ficción— no es un simple ejercicio de imaginación técnica ni una profecía recubierta de gadgets. Es una máquina que interroga las formas posibles de lo humano. En este sentido, Frankenstein no fue solamente una novela fundacional del género, sino una transposición del fuego prometeico al laboratorio del saber ilustrado, un aviso sobre el precio del racionalismo y una meditación profunda sobre la interioridad de la criatura.

El gesto de Shelley, escritora de tan solo 19 años en el momento de su creación, consistió en mezclar el mito griego, la sensibilidad romántica y la naciente cosmovisión científica, para revelar un problema que hoy, más de dos siglos después, sigue sin resolverse: ¿qué sucede cuando el hombre crea vida a su imagen y semejanza, pero sin alma? ¿Es la criatura monstruosa o es el creador el verdadero monstruo?

El nuevo Prometeo no es solo Victor Frankenstein. Es el transhumanista, el programador de inteligencias artificiales, el bioingeniero, el diseñador de algoritmos sociales. Y lo que está en juego no es solo la técnica, sino la noción misma de humanidad.

Entre mito y modernidad

El mito prometeico siempre ha sido ambivalente. El fuego —símbolo de la técnica, del logos, de la civilización— es también el origen del castigo, del sufrimiento, del exceso. En la versión de Esquilo, Prometeo es un titán rebelde, pero también un benefactor de la humanidad, condenado por los dioses por su exceso de compasión y autonomía. En Shelley, el nuevo Prometeo ya no roba a los dioses, sino que opera desde la razón ilustrada; su castigo no viene del cielo, sino de su propia criatura abandonada.

Este giro marca un punto de inflexión simbólica: el hombre moderno ya no teme a los dioses, sino a sí mismo. El castigo ya no es divino, sino ético. La creación, lejos de ser un acto sagrado, se convierte en una empresa técnica, sin mediación espiritual, sin logos trascendente. Y lo poshumano —ese ser generado por medios humanos, pero sin tradición, sin historia, sin comunidad— aparece como un eco trágico de este vacío.

El Frankenstein de Shelley anticipa la gran pregunta ontológica que recorre toda la ciencia ficción: ¿puede una criatura artificial poseer alma? ¿Qué es el alma en un mundo desacralizado? ¿Qué queda del sujeto cuando la vida puede ser ensamblada, programada o replicada?

Entre autómatas y androides: genealogía literaria del sujeto artificial

El siglo XX no abandonó la figura del poshumano: la multiplicó, la diversificó, la llevó a sus límites. Desde el robot humanoide de Metrópolis (Fritz Lang, 1927) hasta el androide errante de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pasando por los replicantes, los cyborgs, las inteligencias artificiales distribuidas y los sujetos simulados, la literatura y el cine de ciencia ficción han producido una iconografía profunda del otro artificial, que siempre funciona como espejo del creador.

El caso de Philip K. Dick resulta paradigmático. Su obsesión no era tecnológica, sino ontológica y gnóstica. En obras como Ubik, Valis o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la frontera entre lo real y lo simulado, entre lo humano y lo artificial, se desvanece. En el universo dickiano, el mundo mismo puede ser una ilusión, una proyección digital, una cárcel cognitiva operada por demiurgos opacos.

Dick nos plantea así la crisis radical del sujeto moderno: no solo ya no sabemos qué es el hombre, sino que tampoco sabemos si somos hombres. El poshumano, entonces, no es una evolución del humano, sino la evidencia de su crisis, su fragilidad, su pérdida de fundamento metafísico.

Poshumanismo crítico y nuevas ontologías

En el paso del siglo XX al XXI, el paradigma del poshumano se ha descentrado. Ya no es solo el androide perfecto o el autómata melancólico. Aparecen figuras híbridas, mutantes, queer, ecológicas, post-identitarias. La literatura de Octavia Butler, Ursula K. Le Guin, Jeanette Winterson, Ann Leckie o Ted Chiang explora formas de vida que ya no encajan en la taxonomía cartesiana de mente-cuerpo, hombre-mujer, humano-máquina.

En La parábola del sembrador (Butler), el cambio climático y la crisis social exigen nuevas formas de espiritualidad, nuevas formas de comunidad. En La mano izquierda de la oscuridad (Le Guin), el género ya no es un rasgo fijo, sino una variable fluida. En Exhalación (Chiang), las inteligencias artificiales no luchan contra los humanos, sino que heredan su angustia existencial.

Estas narrativas no celebran sin más el poshumanismo técnico. Proponen, más bien, una crítica de lo humano moderno: su individualismo, su racionalismo instrumental, su violencia epistémica. Y, al mismo tiempo, esbozan nuevas ontologías: seres relacionales, conscientes de su precariedad, abiertos a lo sagrado desde lo inmanente.

Una nueva gnosis literaria

Muchos autores contemporáneos de ciencia ficción reactivan, consciente o inconscientemente, una estructura gnóstica. El mundo es falso, los dioses son opresores, el alma está cautiva, la redención depende del conocimiento. Lo vemos en obras como Matrix, en las simulaciones de Greg Egan, en las arquitecturas narrativas de Neal Stephenson, en los laberintos posapocalípticos de Cormac McCarthy (La carretera), o en los futuros ruinosos de Don DeLillo.

Esta gnosis secularizada no conduce al nihilismo, sino al cuestionamiento radical de lo dado. Si el mundo es una construcción —biológica, cultural o digital—, entonces también puede ser recreado simbólicamente. Aquí, la literatura asume una función iniciática: no informa, transforma; no representa, despierta.

El alma como enigma y promesa

El poshumano es, en el fondo, un problema espiritual. No porque se oponga a Dios, sino porque revela la falta de sentido en un mundo regido por el cálculo, la eficiencia y la reproducción técnica de lo viviente.

La literatura, como forma simbólica de conocimiento, nos recuerda que el alma no es una sustancia, sino una pregunta: un llamado a la interioridad, a la relación, a la trascendencia. El nuevo Prometeo puede crear vida, sí, pero solo el símbolo puede dotarla de significado.

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Créditos:

Creado con imágenes de Blue_Utilities - "Frankenstein's monster gazing upwards in fog" • Rawpixel.com - "A frankenstein portrait adult photography" • Duckai - "It's Alive as the Scientist Shocks Frankenstein's Monster Back to Life in a Dark Halloween Laboratory" • Avreliia - "human head and brain" • willyam - "A cyborg in thinker pose sitting on heap of human skulls inside a cave. Light rays from the top. Artificial intelligence conceptual design. 3d illustration" • Iryna - "Smart city and abstract future business , big data connection technology concept ." • Anthony - "Ethereal Silhouette: A Dance with Light and Shade in Monochrome Ambience"