Lunes, 10 de marzo de 2024 Dr. David Luy – Profesor Asociado de Teología Sistemática

Lucas 4:14-30

14 Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu y se extendió su fama por toda aquella región. 15 Enseñaba en las sinagogas y todos lo admiraban. 16 Fue a Nazaret, donde se había criado, y un sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre. Se levantó para hacer la lectura 17 y le entregaron el libro del profeta Isaías. Al desenrollarlo, encontró el lugar donde estaba escrito: 18 «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas noticias a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, 19 a pregonar el año del favor del Señor». 20 Luego enrolló el libro, se lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga lo miraban detenidamente 21 y él comenzó a hablarles: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes». 22 Todos dieron su aprobación, impresionados por las hermosas palabras[b] que salían de su boca. «¿No es este el hijo de José?», se preguntaban. 23 Jesús continuó: «Seguramente ustedes me van a citar el proverbio: “¡Médico, cúrate a ti mismo! Haz aquí en tu tierra lo que hemos oído que hiciste en Capernaúm”. 24 Pues bien, les aseguro que a ningún profeta lo aceptan en su propia tierra. 25 No cabe duda de que en tiempos de Elías, cuando el cielo se cerró por tres años y medio, de manera que hubo una gran hambre en toda la tierra, muchas viudas vivían en Israel. 26 Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una viuda de Sarepta, en los alrededores de Sidón. 27 Así mismo, había en Israel muchos con alguna enfermedad de la piel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán el sirio». 28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron. 29 Se levantaron, lo expulsaron del pueblo y lo llevaron hasta la cumbre de la colina sobre la que estaba construido el pueblo, para tirarlo por el precipicio. 30 Pero él pasó por en medio de ellos y se fue.

La visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret es una escena magnífica e inquietante. Pocas expresiones de la identidad mesiánica de Jesús pueden igualar la fuerza dramática de su asombrosa declaración en el versículo 21: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes». La respuesta de la multitud a Jesús es igualmente asombrosa, aunque por razones menos honorables: en el lapso de unos pocos versículos, los oyentes de Jesús pasan del asombro (21) a la ira (28), y el relato concluye con una turba que intenta acabar violentamente con la vida de Jesús, una escena magnífica y perturbadora por donde la vean.

Según Dietrich Bonhoeffer, una señal de que los cristianos han dejado de tomarse en serio la Biblia es cuando ya no la leen «contra» ellos mismos, sino que la leen exclusivamente «para» ellos mismos (DBWE 11:377). Cuando leemos los relatos evangélicos, por ejemplo, una tentación es menospreciar a los personajes que rechazan a Jesús a lo largo del camino. Bonhoeffer quiere que nos resistamos a este impulso; textos como Lucas 4 deben recibirse como una oportunidad para la sobriedad y no para tergiversarlos como instrumentos de autocomplacencia.

Es importante recordar que las personas que rechazan a Jesús en este texto no son paganos ni ateos. La cuestión no es que no reconozcan la realidad de Dios o que no esperen la venida del Mesías prometido por Dios; el problema fundamental es que prefieren sus propias ideas sobre el Mesías a la realidad del Mesías mismo que está ante ellos. Episodios como éste transmiten una idea bastante inquietante a quienes tienen ojos para ver y oídos para oír: como la muchedumbre de Nazaret, es posible que rechacemos (sin saberlo) aquello que suponemos amar.

En este caso, leer el texto «contra nosotros mismos» se entiende mejor como una disciplina espiritual de asentimiento. Cuando resistimos el impulso de leer «para nosotros mismos», permitimos que la Palabra de Dios nos muestre el camino del arrepentimiento, y así nos rendimos al sello de lo que Lucas considera la marca distintiva de los que saben que el reino está cerca (Lc. 10:9).

Dios todopoderoso, tú eres más grande que la suma de nuestros más nobles anhelos. Líbranos, por tu Espíritu Santo, de las fantasías y engaños que ciegan nuestros corazones pecadores, y ayúdanos a amarte, no según el déficit de nuestra ignorancia, sino según las riquezas de tu majestad. En Jesucristo, nuestro Señor, amén.

Dr. David Luy

Profesor Asociado de Teología Sistemática

Seminario Luterano Norteamericano en el Seminario Anglicano Trinity Ambridge, PA

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