Domingo de resurrección, 20 de abril de 2025 Rvdmo. Cn. Bryan C. Hollon, PhD – Decano y Presidente TAS

Lucas 24:1-35

1 El primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres fueron al sepulcro, llevando las especias aromáticas que habían preparado. 2 Encontraron que había sido removida la piedra que cubría el sepulcro 3 y, al entrar, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4 Mientras se preguntaban qué habría pasado, se les presentaron dos hombres con ropas resplandecientes. 5 Asustadas, se postraron hasta tocar el suelo con su rostro, pero ellos dijeron: —¿Por qué buscan ustedes entre los muertos al que vive? 6 No está aquí; ¡ha resucitado! Recuerden lo que dijo cuando todavía estaba con ustedes en Galilea: 7 “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores y ser crucificado, pero al tercer día resucitará”. 8 Entonces ellas se acordaron de las palabras de Jesús. 9 Al regresar del sepulcro, les contaron todas estas cosas a los once y a todos los demás. 10 Las mujeres eran María Magdalena, Juana, María la madre de Santiago y las demás que las acompañaban. 11 Pero a los discípulos el relato les pareció una tontería, así que no les creyeron. 12 Pedro, sin embargo, salió corriendo al sepulcro. Se asomó y vio solo las vendas de tela de lino. Luego volvió a su casa, extrañado de lo que había sucedido. 13 Aquel mismo día, dos de ellos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. 14 Iban conversando sobre todo lo que había acontecido. 15 Sucedió que, mientras hablaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos; 16 pero no lo reconocieron, pues sus ojos estaban velados. 17 —¿Qué vienen discutiendo por el camino? —preguntó. Se detuvieron, cabizbajos. 18 Uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: —¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no se ha enterado de todo lo que ha pasado recientemente? 19 —¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó. Ellos respondieron: —Lo de Jesús de Nazaret. Era un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. 20 Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron; 21 pero nosotros abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel. Es más, ya hace tres días que sucedió todo esto. 22 También algunas mujeres de nuestro grupo nos dejaron asombrados. Esta mañana, muy temprano, fueron al sepulcro, 23 pero no hallaron su cuerpo. Cuando volvieron, nos contaron que se les habían aparecido unos ángeles quienes les dijeron que él está vivo. 24 Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron. 25 —¡Qué torpes son ustedes —les dijo—, y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! 26 ¿Acaso no tenía que sufrir el Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria? 27 Entonces, comenzando por Moisés y por todos los Profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. 28 Al acercarse al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como que iba más lejos. 29 Pero ellos insistieron: —Quédate con nosotros que está atardeciendo, pronto será de noche. Así que entró para quedarse con ellos. 30 Luego, estando con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 31 Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. 32 Se decían el uno al otro: —¿No ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros en el camino y nos explicaba las Escrituras? 33 Al instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron a los once y a los que estaban reunidos con ellos. 34 «¡Es cierto! —decían—. El Señor ha resucitado y se le ha aparecido a Simón». 35 Los dos, por su parte, contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo habían reconocido a Jesús cuando partió el pan.

La narrativa de la resurrección presentada por Lucas pasa de la confusión a la claridad, del dolor a la alegría, de la ceguera al reconocimiento. En la oscuridad de la madrugada, unas mujeres fieles descubren una tumba vacía. Al anochecer, el Cristo resucitado se revela en el compartir del pan. Entre estos dos momentos, asistimos a un profundo despliegue de revelación divina que sigue dando forma a la experiencia cristiana.

La Cena de Emaús, de Rembrandt (1648), capta este desarrollo con una extraordinaria perspicacia teológica. El artista nos sitúa en el preciso momento del reconocimiento, cuando «se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc. 24:31). Cristo, iluminado por el magistral claroscuro de Rembrandt, levanta las manos en un gesto que evoca al mismo tiempo la bendición y la exposición de sus heridas. Los rostros de los discípulos reflejan el reconocimiento naciente, ese espacio liminal entre la confusión y la claridad que caracteriza gran parte de nuestra propia experiencia cristiana.

Lucas nos dice que, en el camino, Jesús «les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (24:27). Sin embargo, sus ojos permanecieron cerrados hasta que compartieron del pan. Este es un misterio en el corazón de la formación cristiana: el conocimiento por sí solo, incluso el bíblico, resulta insuficiente. El verdadero reconocimiento requiere a la vez Palabra y Sacramento, comprensión y comunión.

Rembrandt lo entendió profundamente. Fíjense en cómo baña a Cristo con una luz cálida, mientras mantiene en la sombra parte de los rostros de los discípulos. Esa iluminación parcial sugiere la naturaleza gradual del despertar espiritual, cómo el reconocimiento a menudo no se produce en ráfagas repentinas, sino en una claridad creciente, como el amanecer sobre un paisaje oscurecido.

Esta Pascua, estamos con aquellos discípulos: comprendemos el sacrificio realizado y la victoria asegurada, nuestros corazones arden en nuestro interior mientras se abren las Escrituras y se parte el pan. También como los discípulos, llegamos a conocer a Cristo más plenamente cuando la comprensión bíblica y la participación sacramental trabajan juntas. El Cristo resucitado sigue dándose a conocer tanto en la Palabra como en la Cena, tanto en la explicación como en la comunión.

En mi propia vida, he descubierto que la comprensión teológica, aunque crucial, sólo encuentra su plenitud en el culto, en esos momentos en los que, como los discípulos que Rembrandt pintó, nos encontramos con Cristo tanto en la mente como en el corazón, en la enseñanza, la oración y la participación. Aquí encontramos el modelo esencial de la formación cristiana: Cristo, a través de la exposición bíblica y de la presencia sacramental, sigue iluminando las mentes, abriendo los ojos y cambiando los corazones, cumpliendo su obra pascual de llevarnos de la muerte a la vida.

Oh, Dios, cuyo Hijo bendito se dio a conocer a sus discípulos al partir el pan: abre los ojos de nuestra fe para que podamos contemplarle en la plenitud de su obra redentora, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Rvdmo. Cn. Bryan C. Hollon, PhD

Decano y Presidente

Seminario Anglicano Trinity

Ambridge, PA

La cena de Emaús de Rembrandt (1606-1669)