Domingo, 23 de marzo de 2025 Rev. Dr. Rich Herbster (DMin 2013) – Profesor asistente de Griego y Homilética Director de Estudios Presbiterianos

Lucas 13:1-17

1 En aquella ocasión, algunos que habían llegado contaron a Jesús cómo Pilato había dado muerte a unos galileos cuando ellos ofrecían sus sacrificios. 2 Jesús respondió: «¿Piensan ustedes que esos galileos por haber sufrido así eran más pecadores que todos los demás galileos? 3 ¡Les digo que no! De la misma manera, todos ustedes perecerán a menos que se arrepientan. 4 ¿O piensan que aquellos dieciocho que fueron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? 5 ¡Les digo que no! De la misma manera, todos ustedes perecerán a menos que se arrepientan». 6 Entonces les contó esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, pero cuando fue a buscar fruto en ella, no encontró nada. 7 Así que dijo al viñador: “Mira, ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no he encontrado nada. ¡Córtala! ¿Para qué ha de ocupar terreno?”. 8 “Señor —contestó el viñador—, déjela todavía por un año más, para que yo pueda cavar a su alrededor y echarle abono. 9 Tal vez así, más adelante dé fruto; de lo contrario, córtela”». 10 Un sábado, Jesús estaba enseñando en una de las sinagogas 11 y estaba allí una mujer que por causa de un espíritu llevaba dieciocho años enferma. Andaba encorvada y de ningún modo podía enderezarse. 12 Cuando Jesús la vio, la llamó y dijo: —¡Mujer, quedas libre de tu enfermedad! 13 Al mismo tiempo, puso las manos sobre ella; al instante la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios. 14 Indignado porque Jesús había sanado en sábado, el jefe de la sinagoga intervino, dirigiéndose a la gente: —Hay seis días en que se puede trabajar, así que vengan esos días para ser sanados y no el sábado. 15 —¡Hipócritas! —le contestó el Señor—. ¿Acaso no desata cada uno de ustedes su buey o su burro en sábado y lo saca del establo para llevarlo a tomar agua? 16 Sin embargo, a esta mujer, que es hija de Abraham y a quien Satanás tenía atada durante dieciocho largos años, ¿no se le debía quitar esta cadena en sábado? 17 Cuando razonó así, quedaron humillados todos sus adversarios, pero la gente estaba encantada de tantas maravillas que él hacía.

La cuaresma es una temporada de penitencia, un tiempo en el que la autorreflexión y la humildad de espíritu son apropiadas. Lucas 13:1-9 parece diseñado para llamarnos precisamente a este tipo de autorreflexión penitencial. La multitud dirige la atención de Jesús a «los galileos, cuya sangre Pilato había mezclado con sus sacrificios». El suceso al que hace referencia es oscuro, pero pocos dudan de que refleja la cruel pena capital que sufrieron algunos fieles judíos. La respuesta de Jesús es estridente: «De la misma manera, todos ustedes perecerán a menos que se arrepientan». Ciertamente, Jesús va más allá y destaca otra tragedia: la muerte de «dieciocho que fueron aplastados por la torre en Siloé». Jesús vuelve sobre el mismo punto: «De la misma manera, todos ustedes perecerán a menos que se arrepientan».

No es incorrecto reflexionar sobre el sufrimiento ajeno, ¿cierto? Pues no. Sin duda, Jesús quiere que nos preocupemos por los demás y que reflexionemos sobre su sufrimiento. El problema, sin embargo, es que no cerramos el círculo de esa reflexión. A Jesús le preocupa la incapacidad o la falta de voluntad que tenemos para reconocer que lo que les ocurrió a esas personas nos tocará a nosotros también. Como dice Pablo, «la paga del pecado es muerte» y «todos hemos pecado». Por derecho, la torre de Siloé debería caer sobre todas nuestras cabezas.

Estamos tan acostumbrados a hablar de Jesús en el contexto de su gracia y misericordia hacia los pecadores, que a veces no prestamos la debida atención al llamado de Jesús a arrepentirnos de nuestros pecados. Sin embargo, el ministerio de Jesús es anunciado en primer lugar por Juan, que prepara el camino mediante el bautismo del arrepentimiento. La primera predicación de Jesús se resume en «arrepiéntanse y crean en la Buena Nueva». Y la primera proclamación del Evangelio es, igualmente, «arrepiéntanse y bautícense». Este llamado al arrepentimiento es totalmente misericordioso, pero el Evangelio es una buena noticia para los que se saben pecadores.

Señor misericordioso, ¡perdona nuestros pecados! Recuérdanos hoy nuestro pecado, no para atormentarnos con nuestras faltas, sino para que nos deleitemos en tu gran misericordia para con los pecadores. Te agradecemos que la torre de Siloé no caiga sobre nuestras cabezas, porque «él fue traspasado por nuestras rebeliones y molido por nuestras iniquidades».

Rev. Dr. Rich Herbster (DMin 2013)

Profesor asistente de Griego y Homilética

Director de Estudios Presbiterianos

Seminario Anglicano Trinity

Ambridge, PA

Credits:

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