El nacimiento de nuestra lengua POR María Eugenia Villalonga

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¿Cómo nació el idioma que hoy usamos todos los días? En esta nota, la Mg. María Eugenia Villalonga nos lleva a recorrer los orígenes del castellano, desde sus raíces en la Edad Media hasta los desafíos del lenguaje en la era digital. Una historia fascinante de guerras, intercambios culturales, literatura y transformaciones que siguen vivas en cada palabra.

Una lengua nacida en los márgenes

A finales del primer milenio, en los oscuros siglos de la Alta Edad Media, en un pequeño pueblo ubicado al norte de la península ibérica, comenzó la historia de una lengua, el castellano, que hoy tiene 400 millones de hablantes.

La zona de la que hablamos fue, desde siempre, una zona de frontera, un vértice donde han chocado sus armas infinidad de pueblos: los íberos con los celtas; los vascones con los pelendones; los cántabros con los romanos; los visigodos con los godos; los cristianos del reino de León con los cristianos del reino de Navarra y los cristianos de todos los reinos con los musulmanes del emirato de Córdoba.

Zona peligrosa, habituada a vivir en estado permanente de guerra, se fue, poco a poco, fortificando con castillos de piedra, los que le dieron nombre a la región: Castilla. Aquí vivía en las aldeas de alrededor gente ruda, poco culta y mal latinizada, dedicados a labrar unas pocas tierras, con una economía de subsistencia, y dedicados fundamentalmente a hacer la guerra.

Hablaban tan mal el latín que muchos siglos antes circulaba un chiste en Roma que decía: “Beati hispani quibus bibere et vivere idem est” (“Dichosos los hispanos para quienes beber y vivir es lo mismo”). No sólo lo decían porque les gustara la bebida sino porque eran los únicos habitantes del imperio que no distinguían, al pronunciarlas, la b (larga) de bibere y la v (corta) de vivere. Quizás hayamos encontrado el antecedente de los chistes de gallegos.

Sus habitantes habían corrompido el latín vulgar (el que se hablaba en las calles), mezclándolo con viejos términos prerromanos, con otros germánicos de su pasado godo, con otros tomados de los francos por los peregrinos del Camino de Santiago, con otros tomados de los árabes con los que guerreaban continuamente y pactaban, comerciaban e intercambiaban términos lingüísticos. La mezcla dio como resultado una lengua mucho más sonora que el latín, tanto en sus consonantes como en sus vocales.

La larga guerra contra los musulmanes durante la Edad Media y las expediciones de conquista ultramarina del imperio de los Habsburgo en la Edad Moderna posibilitaron que el idioma se expandiera en la forma que lo hizo, aunque el proceso de gestación de una lengua y su posterior asimilación no dependen tanto de los éxitos en el plano de la guerra como de la ductilidad del nuevo idioma para adaptarse a la lengua anterior y sobrevivirla.

Durante el siglo XV el castellano ya era la lengua de cultura de toda España, incluso

en las regiones donde se hablaba otra lengua romance. Un siglo después, cuando llega a América se transforma en una coiné –lengua común- de un extensísimo territorio que albergaba más de cien familias de lenguas indígenas de las que el castellano tomó muchos de los términos que aún hoy utilizamos.

En el siglo XIX y XX se nutre del inglés, idioma que, a través de la revolución industrial, el comercio y la tecnología, se expandió por el mundo.

Hoy nos encontramos con la paradoja de que el castellano o español es la lengua que, muchas veces, los candidatos a presidente de los EE.UU. eligen para dar sus discursos, a una población mayoritariamente latina.

Ilustración referencial. No basada en una escena histórica específica.

Orígenes del castellano escrito

El primer testimonio de nuestra lengua escrita apareció poco más de un milenio atrás (aproximadamente en el año 979) en el Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, en la primitiva Castilla (hoy La Rioja): las Glosas Emilianenses.

Las glosas son anotaciones hechas en los márgenes de unas homilías escritas en latín. El monje que las escribió no hizo más que poner sus opiniones, en la lengua que se hablaba en la calle, sobre los textos en latín.

Dos siglos más tarde, en el mismo Monasterio, vivió y escribió Gonzalo de Berceo Los milagros de Nuestra Señora, texto con el cual llevó al castellano al lugar de las lenguas literarias europeas. Alfonso X el Sabio hizo lo propio en el siglo XIII, llevando el castellano al lugar de la lengua oficial utilizada en los documentos jurídicos, científicos y culturales de la época, así como la lengua común de las tres comunidades que convivían pacíficamente en España: musulmana, judía y cristiana.

Muy próxima al lugar donde comenzó la historia de nuestra lengua se encuentra la ciudad de Valladolid, lugar de nacimiento del unánimemente considerado el mayor escritor de la lengua castellana de todos los tiempos: Miguel de Cervantes Saavedra. Allí vivió, escribió y fracasó don Cervantes y allí publicó la obra que lo llevaría a la posteridad, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de la que, al cumplirse cuatro siglos de su primera publicación, en el año 2005, la Real Academia Española hizo una edición especial prologada por Mario Vargas Llosa, con varios trabajos sobre el autor y su obra a cargo de expertos y más 5.000 palabras anotadas, es decir, palabras cuyas notas al pie permiten conocer el significado que esos vocablos tuvieron en la novela original y no el que poseen hoy. Una edición que invita, a quienes no la hayan leído, a conocerla y divertirse con las desopilantes aventuras de este alocado caballero andante.

La ciudad de Salamanca, muy cercana a Valladolid fue el lugar donde Gonzalo de Nebrija publicó, en el año 1492, la Gramática de la lengua castellana, la primera gramática que se publicó en lengua romance y la ciudad donde Sebastián de Covarrubias publicó, en 1610, el primer diccionario de la lengua española. Con la publicación de ambas obras, nuestro idioma logró su definitiva consolidación lingüística.

Y lo que llevó varios siglos conseguir: diferenciar el habla popular de la que se usa para la escritura, en estos pocos últimos años, ha sido puesto en cuestión, con la aparición de una nueva categoría de hablantes, a la que Roger Chartier llama wreaders, aquellos que leen para escribir y escriben para ser leídos en la inmediatez de las redes sociales, mezclando los dos registros, el oral y el escrito, y cuyas consecuencias cognitivas todavía no han sido medidas, según este especialista. Por lo tanto, las cosas del lenguaje no son sencillas, en especial, a partir de la pandemia, que dejó aislada y encerrada a toda la humanidad y a los niños y jóvenes, fuera de su lugar natural de aprendizaje, la escuela.

¡¿Por las dudas…?!

Este es el título elegido por Alicia Zorrilla, quien fuera la presidenta de la Academia Argentina de Letras hasta comienzos de este año, para hablar sobre el estado actual de nuestra hermosa lengua y de los errores más comunes de sus hablantes.

Registra, en cada capítulo y de forma muy amena, ejemplos del mal uso de la lengua tomados de los medios de comunicación escrita, digital y audiovisual, de discursos periodísticos y publicitarios (¡y hasta de los servicios de corrección en línea!) sin perder nunca el sentido del humor. Y sobre todo, combinando erudición con didáctica, transforma el libro en una verdadera herramienta de consulta en la que muestra la forma correcta en que se debería haber escrito, explicando los fundamentos de la norma que transgrede.

Reconoce, en las variantes utilizadas en el uso de la coma -lo que nos tiene a todos a maltraer- los límites que la escritura literaria le pone a la gramática, y si defiende calurosamente las normas establecidas contra las razones extralingüísticas para su transgresión, afirma que “la función de las Academias es recoger y estudiar las normas que les vamos dictando los hablantes.” Una grieta por la que el lenguaje inclusivo, a pesar de su impugnación, terminará ingresando e imponiéndose.

Afirma, junto con John Locke: “No hay un solo error que no haya tenido sus seguidores” y termina su trabajo haciendo un homenaje a los dueños de un oficio que ha sido abandonado en todas las redacciones, el de corrector. Y si su tarea no es solo limpiar el texto de errores, sino reflexionar acerca de la causa de aquellos, lo define como un acto de equilibrio intelectual entre los hablantes y las palabras. Y, podríamos agregar, de amor por esa herramienta que es nuestra principal forma de comunicar todo lo que somos.

Mg. María Eugenia Villalonga

Magíster en Letras por la UBA, periodista cultural y traductora de francés, con una mirada curiosa y apasionada por el lenguaje en todas sus formas.

María Eugenia fue editora de MUPIM Revista hasta 2023 y sigue vinculada al mundo de las letras desde la escritura, la traducción y la reflexión crítica. Su trabajo combina saber académico, sensibilidad literaria y una profunda vocación por compartir el conocimiento.

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