EL PRAGMATISMO: DE LA TEORÍA A LA PRAXIS
Por: Claudio Tomás Garrido
A lo largo de la historia del pensamiento político y filosófico, el pragmatismo ha sido una corriente malinterpretada. Surgido como una escuela filosófica en Estados Unidos a finales del siglo XIX, el pragmatismo fue impulsado por figuras como Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey. Aunque sus formulaciones iniciales se inscribían más en el terreno epistemológico y pedagógico, pronto se expandió al campo político con una influencia que, en nuestros días, ha cobrado especial relevancia.
En términos filosóficos, el pragmatismo sostiene que el valor de las ideas radica en sus consecuencias prácticas. En lugar de aferrarse a dogmas o verdades eternas, propone evaluar las creencias en función de su capacidad para resolver problemas concretos. Esta perspectiva anti esencialista desconfía de las abstracciones descontextualizadas y favorece el pensamiento situado, atento a las condiciones históricas, sociales y culturales de cada momento. Como afirmaba Dewey, la filosofía no debe ser una contemplación de lo eterno, sino una herramienta viva para la transformación del presente.
Este enfoque ha tenido profundas repercusiones en la teoría política contemporánea. En el siglo XX, el filósofo Richard Rorty llevó el pragmatismo a una crítica contundente de la filosofía política tradicional, desafiando la pretensión de neutralidad y objetividad en el discurso público. Para Rorty, la política no debía buscar fundamentos últimos, sino consensos contingentes construidos en el diálogo democrático. La verdad, desde esta perspectiva, deja de ser una correspondencia con la realidad para convertirse en una construcción colectiva en constante revisión.
¿Cómo se traduce este pensamiento en la praxis política actual?
En el terreno de la acción política, el pragmatismo se ha convertido en un término recurrente para justificar decisiones estratégicas, alianzas impensables o cambios de postura ideológica. Políticos de diversas corrientes se proclaman "pragmáticos", sugiriendo con ello que actúan guiados por la eficacia más que por principios rígidos. En contextos marcados por la polarización, la volatilidad social y el descrédito institucional, el pragmatismo parece ofrecer una salida: gobernar con lo posible, no con lo deseable.
Sin embargo, esta apropiación contemporánea del pragmatismo dista mucho de su concepción filosófica original. En muchos casos, el término se ha vaciado de contenido crítico para convertirse en sinónimo de oportunismo. La flexibilidad que proponía el pragmatismo clásico se ha distorsionado hasta convertirse en una forma de cinismo político: todo se justifica si produce resultados. La consecuencia práctica ha dejado de evaluarse en función del bien común, y se reduce, con frecuencia, al cálculo electoral o a la conservación del poder.
Esta tergiversación plantea un reto urgente. Si el pragmatismo ha de seguir siendo una corriente filosófica con capacidad transformadora, debe recuperar su dimensión ética. No se trata de renunciar a la eficacia, sino de someterla a una evaluación crítica constante: ¿eficaz para qué?, ¿para quién?, ¿a costa de qué? En este sentido, el pragmatismo no puede desligarse del ideal democrático, ni del compromiso con la justicia social, ni de la participación ciudadana.
Hoy, frente a un mundo en crisis —ecológica, económica, política y epistemológica—, el pragmatismo puede ofrecer herramientas valiosas para pensar una política del cuidado, de la responsabilidad y de la deliberación. Pero esto sólo será posible si resistimos la tentación de reducirlo a un discurso tecnocrático o utilitarista.
El pragmatismo, bien entendido, no es la renuncia a los principios, sino su reformulación constante a la luz de la experiencia. No es el abandono de los ideales, sino su puesta a prueba en el fuego de lo real. De ahí que su verdadero valor no resida en la comodidad del centro, sino en la valentía de ensayar, errar y volver a intentar. Porque, como enseñó Dewey, la democracia no es un estado, sino un proceso en marcha. Y el pragmatismo, en su mejor versión, es justamente eso: una filosofía en movimiento.
Créditos:
Creado con imágenes de TRAVELARIUM - "Two silhouetted figures debate on stage against dynamic background of vibrant red and blue colors, representing political opposition pre election debates for presidency" • vitanovski - "Industrial factory in the age of steam engines during the 19th century" • Jonathan Stutz - "ombre de mendiant" • timurlan999 - "People walking in modern urban environment with motion blur and neon lights" • Irina - "Starving child crouching next to empty bowl in cracked earth under stormy sky for hunger crisis awareness"