Martes, 10 de diciembre de 2024 Benjamin Ames-McCrimmon - (MDiv 2022)

Lucas 1:57-66

57 Cuando se le cumplió el tiempo, Elisabet dio a luz un hijo. 58 Sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había mostrado gran misericordia y compartieron su alegría. 59 A los ocho días llevaron a circuncidar al niño. Como querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, 60 su madre se opuso. —¡No! —dijo ella—. Tiene que llamarse Juan. 61 —Pero si nadie en tu familia tiene ese nombre —le dijeron. 62 Entonces le hicieron señas a su padre para saber qué nombre quería ponerle al niño. 63 Él pidió una tablilla en la que escribió: «Su nombre es Juan». Y todos quedaron asombrados. 64 Al instante abrió su boca y se desató su lengua, recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. 65 Todos los vecinos se llenaron de temor y por toda la región montañosa de Judea se comentaba lo sucedido. 66 Quienes lo oían se preguntaban: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque el poder del Señor lo acompañaba.

En el LOC, normalmente celebramos el nacimiento de Juan el Bautista en pleno verano (hemisferio norte), y creo que esto nos dice mucho sobre la forma en que la Iglesia de habla inglesa ha entendido tradicionalmente el significado teológico del Bautista. Después de la Fiesta de la Anunciación todo florece, empieza a crecer y reverdece; disfrutamos de una festividad tras otra –Pascua, Pentecostés, Primero de Mayo, la Trinidad–, pero entonces, antes de que podamos acomodarnos, el dedo nudoso de Juan el Bautista se extiende en nuestra cara para recordarnos que aún nos queda mucho trabajo por hacer: estas bendiciones no nos han sido dadas para que simplemente nos acomodemos sobre ellas; más bien, Dios nos está invitando a trabajar en el Reino, porque su Reino sí vendrá.

El solsticio de verano es lo que parece, el centro de la estación estival. Entonces, Juan el Bautista entra en la escena litúrgica acorde con la estación: aparece para señalarnos que el verano no durará para siempre; nos enseña que todas las cosas avanzan hacia una consumación. Cuando lo creado se agote y se recoja la cosecha cósmica, entonces Cristo vendrá a separar el trigo de la cizaña. Juan nos lo recuerda en pleno verano para que, en lugar de pasar tiempo ociosos, nos preparemos para ese acto final; dice: «Preparen el camino del Señor», es decir, «separen en su interior el trigo de la paja, lo que es bueno de lo que no vale nada; preparen el camino para que Jesús sea el rey de su corazón». Así como Juan precedió a Cristo en su nacimiento y ministerio, así también precede el regreso final de Cristo. Es siempre el Precursor y su mensaje es siempre: «¡Prepárense! ¡Estén preparados!»

En esta época, a veces hablamos de la triple venida o advenimiento de Cristo; es decir, vino una vez al mundo en la natividad, sigue encontrándose con su Iglesia en palabra y sacramento, y vendrá de nuevo al final de los tiempos. Juan el Bautista nos invita a tomarnos a pecho estos tres advenimientos, a estar vigilantes y preparados, con los ojos y el corazón fijos en Jesús.

Oh, Señor Jesucristo, que enviaste a tus mensajeros los profetas para predicar el arrepentimiento y preparar el camino de nuestra salvación: haz que los ministros y administradores de tus misterios preparen también tu camino, haciendo volver los corazones de los desobedientes hacia la sabiduría de los justos, para que en tu segunda venida al juzgar al mundo, seamos hallados como un pueblo agradable a tus ojos; porque con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas, un solo Dios, ahora y siempre, amén.

Benjamin Ames-McCrimmon (MDiv 2022)

Pittsburgh, PA

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