Lunes, 17 de marzo de 2025 David O. Zamora R. – (MDiv 2020) – Director del Programa Académico en Español

Lucas 6:27-36

27 »Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, 28 bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los maltratan. 29 Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la capa, no le impidas que se lleve también la camisa. 30 Dale a todo el que te pida y, si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. 31 Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. 32 »¿Qué mérito tienen ustedes al amar solamente a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así. 33 ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así. 34 ¿Y qué mérito tienen ustedes al dar prestado a quienes pueden corresponderles? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato. 35 Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. 36 Sean compasivos, así como su Padre es compasivo.

«Y Él me veía aún antes de que yo le conociera, y antes de que yo aprendiera a ser prudente, o aún antes de que yo pudiera distinguir entre el bien y el mal». –San Patricio, obispo de Armagh, Confesiones, 2.

Dios no es un tirano; ¡qué sorpresa! ¿Cómo puede la persona más poderosa del universo no ser simultáneamente su mayor opresor? Las Escrituras responden enfáticamente: YHWH ama a sus enemigos. Algunos dirán que es fácil para un ser inmutable soportar el antagonismo de los humanos que pronto perecerán. El escaso coste explicaría cómo puede amar a los indeseables, hacer el bien a los que devuelven el mal y proveer a quienes no podrán retribuirle. Es otra historia conmigo, que soy de recursos limitados. Los empleo cuidadosamente, distribuyendo cada gasto con cierta mezquindad para proteger lo poco que tengo de rivales hostiles. Mis enemigos son señales de aquello en lo que me niego a convertirme. Les he dado forma para dar coherencia al mundo, para distinguir claramente el bien del mal. Hacerles el bien sería necio. Resulta entonces que hacer el bien sólo a quienes me hacen el bien a mí es el único camino razonable.

Cristo refutó esta lógica cuando se acercó a nosotros encarnando los valores de un universo correctamente ordenado. Lucas presenta a Jesús como un rey que se hace amigo de los pobres, los cautivos, los enfermos y los oprimidos (todo lo que nos resistimos a ser). Vino como la revelación encarnada del YHWH de Israel, no para condenar, sino para arropar a su pueblo rebelde. En lugar de mantenernos a distancia, Dios se hizo uno de nosotros, perfeccionando el «amar a los enemigos». Hizo esto mediante una generosidad sin límites dirigida hacia quienes nunca podrían ganarse su favor. En verdad, el amor de Jesús por sus enemigos tuvo el mayor coste posible: vivió una vida recta y murió siendo un hombre justo en el lugar de todos los pecadores. Ahora, como hijos suyos (Lc. 6:35), nos invita a seguir sus pasos.

Enseñando que la generosidad cristiana no está limitada por el tamaño de nuestros recursos, Jesús prometió a los que confían en él que «se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante» (Lc. 6:38). Al amar a nuestros enemigos, renunciamos a los esquemas con los que explicamos la realidad, reconociendo humildemente que sólo el juicio final de Dios resolverá nuestras ambigüedades. Este mandamiento nos permite vislumbrar el Evangelio desde la perspectiva del dador; al compartir con nosotros quién es, Cristo nos ha concedido el poder de vivir vidas cruciformes que, en el Espíritu de Cristo, puedan servir, perdonar y orar por quienes (a pesar de necesitarlo) no pueden ganarse nuestro amor.

Señor Jesucristo, que extendiste tus brazos de amor sobre el duro madero de la cruz para que tus enemigos quedaran al alcance de tu abrazo salvador: Revístenos, pues, de tu Espíritu para que, extendiendo nuestras manos en amor, llevemos a los que no te conocen al conocimiento y al amor de ti; para honra de tu nombre, amén.

David O. Zamora R. (MDiv 2020)

Director del Programa Académico en Español

Seminario Anglicano Trinity

Bogotá, Colombia