Lucas 15:1-10
1 «Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la Ley se pusieron a murmurar: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”». Observamos una escena en la que hay gente «de dentro» y gente «de fuera». Los de dentro, recibidos por Jesús y que disfrutan de la mesa en comunión con Él, son los recaudadores de impuestos y los pecadores. Los intrusos, que refunfuñan y sacuden la cabeza, son los fariseos y los escribas. ¿Por qué se oponen a esta comunión? A los recaudadores de impuestos no sólo se les odiaba por ser recaudadores de impuestos –a nadie le gustan en ninguna cultura– , sino porque recolectaban dinero para Herodes o para los romanos, o para ambos, y si estaban en contacto regular con gentiles, podían ser considerados impuros. Me parece justo, pero ¿comparte Jesús la mesa con los pecadores para mostrar que los acepta tal como son? ¡No! Él está comiendo con ellos porque se arrepintieron. Ese es el sentido de las dos parábolas que cuenta Jesús: ambas escenas concluyen con regocijo en el cielo por cada «pecador que se arrepiente» (Lc. 15:7, 10). Los pecadores que se habían acercado a Jesús eran como la oveja y la moneda perdidas que habían sido encontradas. Se arrepintieron y nos dan una visión del cielo: «Les digo que así mismo se alegran los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lc. 15:10). ¿Quién está «con los ángeles de Dios»? Es Dios quien se alegra cuando nos arrepentimos. El lenguaje de los pecadores «acercándose» resuena en Santiago 4:7-8: «Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo y él huirá de ustedes. Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes, los indecisos, purifiquen su corazón!». ¿Dónde necesitan resistir al diablo hoy? Acérquense a Dios, con sus manos y su corazón, y conozcan que hay alegría ante los ángeles de Dios. Dios todopoderoso, ante quien se abren todos los corazones, se conocen todos los deseos y a quien ningún secreto se oculta: limpia los pensamientos de nuestros corazones por inspiración de tu Espíritu Santo, para que te amemos perfectamente y magnifiquemos dignamente tu santo nombre; por Cristo nuestro Señor, amén. Rev. Alex Banfield Hicks Director de Desarrollo de Liderazgo Seminario Anglicano Trinity Ambridge, PA
«Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la Ley se pusieron a murmurar: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”».
Observamos una escena en la que hay gente «de dentro» y gente «de fuera». Los de dentro, recibidos por Jesús y que disfrutan de la mesa en comunión con Él, son los recaudadores de impuestos y los pecadores. Los intrusos, que refunfuñan y sacuden la cabeza, son los fariseos y los escribas. ¿Por qué se oponen a esta comunidad?
A los recaudadores de impuestos no sólo se les odiaba por ser recaudadores de impuestos—a nadie le gustan en ninguna cultura—sino porque recolectaban dinero para Herodes o para los romanos, o para ambos, y si estaban en contacto regular con gentiles, podían ser considerados impuros. Esto tiene sentido. Pero, ¿comparte Jesús la mesa con los pecadores para mostrar que los acepta tal como son?
¡No! Él está comiendo con ellos porque se arrepintieron.
Ese es el sentido de las dos parábolas que cuenta Jesús: ambas escenas concluyen con regocijo en el cielo por cada «pecador que se arrepiente» (Lc. 15:7, 10). Los pecadores que se habían acercado a Jesús eran como la oveja y la moneda perdidas que habían sido encontradas. Se arrepintieron y nos dan una visión del cielo: «Les digo que así mismo se alegran los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lc. 15:10).
¿Quién está «ante los ángeles de Dios»? Es Dios quien se alegra cuando nos arrepentimos.
El lenguaje de los pecadores «acercándose» resuena en Santiago 4:7-8: «Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo y él huirá de ustedes. Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes, los indecisos, purifiquen su corazón!».
¿Dónde necesitan resistir al diablo hoy? Acérquense a Dios, con sus manos y su corazón, y conozcan que hay alegría ante los ángeles de Dios.
Dios todopoderoso, ante quien se abren todos los corazones, se conocen todos los deseos y a quien ningún secreto se oculta: limpia los pensamientos de nuestros corazones por inspiración de tu Espíritu Santo, para que te amemos perfectamente y magnifiquemos dignamente tu santo nombre; por Cristo nuestro Señor. Amén.
Rev. Alex Banfield Hicks
Director de Desarrollo de Liderazgo
Seminario Anglicano Trinity
Ambridge, PA
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