Juan 19:38-42
38 Después de esto, José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. José era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos. Él fue y retiró el cuerpo con el permiso de Pilato. 39 También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, llegó con unos treinta y tres kilogramos de una mezcla de mirra y áloe. 40 Ambos tomaron el cuerpo de Jesús y, conforme a la costumbre judía de dar sepultura, lo envolvieron en vendas con las especias aromáticas. 41 En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto y en el huerto, un sepulcro nuevo en el que todavía no se había sepultado a nadie. 42 Como era el día judío de la preparación para el sábado y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Meditación
Recuerdo vívidamente mi primer Sábado Santo como sacerdote. Servía como coadjutor en la Iglesia de Cristo (Viena, Austria) y me habían dado el honor de predicar toda la Semana Santa —desde el Domingo de Ramos hasta la Pascua—; como resultado, había estado guiando a la congregación a través del gran drama de la Pascua toda la semana. Me había conmovido, junto con la congregación, el recuerdo anual de la pasión de nuestro Señor, y acababa de vivir una profunda y significativa celebración de Jueves Santo y Viernes Santo. Invité a la congregación, en la medida de lo posible, a «poner en pausa» su conocimiento del desenlace de la historia y a considerar los acontecimientos desde la perspectiva de quienes los vivían en tiempo real. Es decir, íbamos a cabalgar con ellos la ola de júbilo del primer Domingo de Ramos hasta llegar al profundo y significativo escenario de la última cena, solo para que los acontecimientos se tornaran oscuros y amenazantes en apenas unas horas, en ese viernes que ahora llamamos «Santo». Así estaba yo aquel Sábado Santo, sorprendido por un sentimiento genuino de melancolía y de sobria introspección porque, aunque conocía el «final de la historia», en ese momento, sentado con los primeros discípulos, me impresionaba lo verdaderamente decisiva y transformadora que es la resurrección. La noche anterior, había dejado a la congregación con el desafío de considerar cómo se habrían sentido si, como los discípulos abatidos en el camino de Emaús, hubieran visto la muerte de Jesús, oído de su sepultura y se hubieran alejado abrumados y desilusionados como aquellos que «abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel» (Lc. 24:21). Olas de gratitud me inundaron ese sábado mientras consideraba de nuevo la magnitud del milagro de la nueva vida de fe en el Señor resucitado, y en muchos sentidos, no he vuelto a ser el mismo. Este es el regalo de la observancia y reflexión del Sábado Santo: que nos permite detenernos—aunque sea brevemente—para considerar nuestra vida sin la esperanza fundamentada en la resurrección. Se nos invita a reflexionar sobre la realidad alternativa de un mundo con solo una cruz y no una tumba vacía, y a pedir al Señor que nos impresione de nuevo, como si fuera la primera vez, con la majestad, la maravilla y la gloria de su Evangelio para el mundo. Rdo. Dr. John D. «Jady» Koch, Jr. DTheol. (MDiv 2007) Rector Parroquia Holy Trinity Hillsdale, MI
Credits:
Created with an image by Kevin Carden - "Road to Emmaus"