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La rosa marchita Evan Martinez 11/28/23

Un nuevo comienzo (Catalina)

Catalina no sabía dónde estaba. Su cabeza latía con fuerza y su visión era borrosa. La última cosa que recordaba claramente de la noche pasada fue la fiesta.

“La fiesta,” susurraba Catalina a nadie en particular.

Ella había acompañado a su amiga Yeney a algún apartamento abandonado donde supuestamente había unos amigos de ella celebrando un cumpleaños. Pasó la mayoría de su tiempo en un cuarto al fondo del apartamento donde alguien tenía éxtasis, tomándolo hasta que no podía sentir nada.

Después de la fiesta, Catalina regresó a su casa en un desastre. Sus padres estaban esperando cuando regresó y no estaban felices. Le habían advertido que no saliera después de que regresó la última vez después de haber gastado $2,500 en una noche, añadido a una parada rápida en el hospital después de una sobredosis. Catalina supuso que superarían esto como las otras veces pero esta vez había sido diferente; las palabras que salieron de la boca de su madre aún resonaban dentro de ella.

“No eres hija mía, y nunca quiero verte en esta casa otra vez.”

Catalina había quedado conmocionada. Suplicó a sus padres pero ya habían tomado una decisión. La habían echado, y con ningún lugar a quedar, Catalina corrió hacia los muelles. Nunca quería ver esta ciudad, sus padres, sus amigos, otra vez. Solo quería empezar de nuevo donde no conocía o podía lastimar a nadie, entonces se subió a un barco con dirección al norte, con tormentas en el horizonte.

La catástrofe (Iago)

Iago podía ver su aliento en el aire frente a él. Era un día frío, con otoño terminando e invierno llamando a la puerta. Iago caminaba por el camino rocoso, admirando los campos de pastos altos, balanceándose en el viento como bailarinas en una obra, respirando por las últimas veces el aire fresco antes de que llegue la nieve. Un poco alejado del camino vió una rosa roja, todavía fuerte y alta, hermosa en su resistencia al clima.

Iago amaba la simplicidad de la isla. Vivía en una casa de piedra de dos pisos de altura con su madre, Maria, y perro, Jackie. Vivían lejos del resto de la aldea pero eso no molestó a Iago porque los chicos de la aldea eran groseros. Su familia tenía su propio rebaño de ovejas y suficiente tierra para crecer unos vegetales. La isla no tiene mucha vegetación, y la orilla es rocosa, con precipicios altos en el sur de la isla detrás de su casa.

Hoy, Iago tenía que mover las ovejas a un nuevo parche de hierba. No era un trabajo malo. Le gustaba pasar tiempo con Jackie y estar en el aire fresco. Mientras continuaba por el camino, Iago observó que Jackie miraba un poco tenso, como olía algo. Justo como pensaba esto, Jackie salió corriendo y ladrando hacia los precipicios.

“Jackie!” gritó Iago. Pero el perro no escuchaba.

En un pánico, Iago persiguió a Jackie, dejando atrás a las ovejas, con la esperanza de que las encontraran más tarde. El perro empezó a bajar los precipicios y cuando Iago llegó, veía por qué. Había restos de un barco esparcido por la arena. Iago bajó con cuidado por el acantilado y cuando llegó a la playa, Jackie había arrastrado a una mujer inconsciente de la destrucción. Tenia pelo negro que le llegaba hasta los hombros, una figura delgada y piel el color de miel. Era la chica más hermosa que había visto en su vida.

Caras desconocidas (Catalina)

Catalina despertó a ojos azules como glaciares mirándola. Sorprendida, trató de alojarse pero solo golpeó su cabeza con una cabecera.

“No te preocupes, quiero ayudar,” dijo el chico con los ojos del color del mar.

Catalina analizó la situación. Estaba en una cama de un cuarto pequeño con una ventana mirando hacia el océano. Las paredes estaban hechas de piedra y había una pequeña chimenea en el córner alimentando un pequeño fuego que luchó para protegerse del frío que se filtraba en la casa. Catalina se miró a sí misma. Llevaba un vestido que parecía pertenecer a una abuela pero por lo menos era seco. Catalina dirigió su atención al chico. Era alta y flaca, con pelo muy rizado y corto el color de obsidiana. Piel, pálido como una vampira y pecas llenando su cara.

“¿Dónde estoy?” Preguntó Catalina.

El chico tenía una expresión de preocupación en su rostro, con sus espesas cejas fruncidas hacia adentro. “La isla de Gauriteño, en el norte del Gran Mar. Mi nombre es Iago, te encontré en la playa. Tu barco chocó con unas piedras y mi perro te salvó de congelarte. Había otros que nos encontramos que no eran tan afortunados.”

Catalina asimiló lo que le estaba diciendo. Toda la tripulación del barco murió y ella estaba varada en una isla fría.

Con una voz mucho más temblorosa de que quería, Catalina susurró, “Íbamos al ciudad de Guayatana en el oeste, quiero empezar una vida nueva ahí.”

Iago sintió su vello facial que era apenas visible con su mano, como si estuviera pensando.

Después de una pausa, respondió “Bueno, no estás muy cerca y los barcos sólo llegan al puerto una vez por dos meses aquí en el invierno para el comercio. Supongo que debes quedarte aquí hasta que se calienta un poco y viene un barco que te puede llevar a Guayatana.”

Catalina se movió incómodamente. “Ni siquiera te conozco, no puedo vivir en tu casa.”

Iago asintió. “La aldea no tiene lugar para visitantes, no tienes otra opción.”

Frustrada pero cansada, Catalina murmuró, “Vale, pero si me matas en mi sueño, espero que te sientas muy mal contigo misma.”

“Suena justo para mí,” dijo Iago con una sonrisa en su cara. Empezó a moverse hacia la puerta pero paró antes de salir. “Nunca recibí tu nombre.”

Catalina sintió su corazón acelerar. “Catalina”

La sonrisa de Iago se hizo aún más amplia. “Que nombre tan bella.”

Catalina se puso rojo en las mejillas.

“Bueno Catalina, te voy a dejar descansar un poco más.” Y con eso Iago se fue para dejarla con sus pensamientos.

Un futuro con ella (Iago)

La mente de Iago estaba dando vueltas. La apariencia de Catalina había cambiado toda su perspectiva de la vida. Posiblemente solo eran las hormonas tontas de un chico de diecinueve años, pero Catalina era un misterio que tenía que ser resuelto. Iago estaba sentado solo al borde de los precipicios reflejando en su primer día completo con Catalina. En la mañana, Iago invitó a su nuevo visitante para caminar afuera y dar una vuelta a la isla.

Durante el camino, cada vez que ella lo miraba, su corazón saltó un latido. Iago quería mostrarle a Catalina la belleza que veía en esta isla a la que llamaba casa, algo con lo que ella claramente estaba insegura de. Le mostró la rosa que había visto el día que la conoció, todavía fuerte y alta a pesar de su situación, exactamente como Catalina. Incluso comparó su color carmesí con el color de sus labios, todavía inmaculados en el frío seco. Eso la hizo sonrojar.

Caminaron por lo que sentía como horas hasta que empezó a bajar el sol. Catalina contó historias sobre su pasado en la gran ciudad. Las fiestas, la música, los colores, todo sonaba inventado a Iago. Ella también mencionó a su familia, y que la echaron porque ella no quería asumir responsabilidad por sus acciones. Abrió más sobre su historia con las drogas, y que empezó a usarlas hace 10 años, cuando tenía 15 años de edad. Para ella, era un escape de las expectativas que tenían sus padres, una forma de rebeldía. Ellos querían que ella fuera la heredero de su negocio a pesar de los deseos que ella tenía de explorar el mundo. Cuando ella tomó un camino de drogas y peligro, en vez de apoyar a su hija, la alejaron aún más.

Finalmente se quedaron sin temas de qué hablar, así que se sentaron en el mismo precipicio en el que se encontraba Iago ahora y observaron cómo el sol desaparecía sobre el mar. Rayos de color naranja atravesaron el agua y cayeron sobre los acantilados que los rodeaban, iluminándolos como si estuvieran hechos de oro. Fue en ese momento que Iago vió en los ojos de Catalina el reconocimiento de la belleza única que tenía este lugar. Después de que el sol se puso por completo, Catalina le deseó buenas noches a Iago y regresó a la casa.

Ahora, horas después, Iago todavía estaba en el precipicio, completamente enamorado de Catalina y su valor. Aquí estaba sentado, recordando conversaciones en vez de actuando en sus emociones. Al ver esta emoción en el mundo y la chispa que es Catalina, Iago no quiso continuar más con su vida sencilla en la isla. Iago regresó a su casa a dormir en su sofá, ya que Catalina había tomado su cuarto como habitación. Esa noche, soñó sobre los ojos de oro que tenía Catalina, y el futuro que podría ser.

Barco en la distancia (Catalina)

Había pasado un mes desde que Catalina llegó a la isla. La vida en la isla no era tan mala como Catalina había adivinado. Iago era un amable anfitrión y solo era un poco obvio que estaba enamorada de ella. Había empezado a adaptarse al frío e incluso se divirtió durante la primera nevada del año construyendo un gran iglú con Iago en la playa que ahora estaba cubierta de nieve blanca y pura.

Para pasar el tiempo, Iago y Catalina hicieron todo juntos. Catalina aprendió cómo cocinar, cómo pescar, pastorear ovejas, y mucho más. Es verdad que era una vida simple pero con la gente adecuada fue divertido. Podía empezar a imaginarse una vida aquí con Iago, pero en el fondo seguía siendo una persona de ciudad. Extrañaba las fiestas tumultuosas en las que se desmayaba, olvidando todos sus problemas y sentimientos. Aquí, ella se preocupaba por alguien, por Iago, y si se preocupaba por alguien podía lastimarlo. Eso era lo que no podía superar y sabía que Iago no lo entendería.

Una noche fría, Catalina se abrigó y bajó a la aldea a comprar pan para la cena que le estaban preparando. Al acercarse, escuchó el sonido de una campana y gente gritando. Entrecerró los ojos en la oscuridad, tratando de luchar contra el viento fresco que soplaba en su cara. Finalmente, a lo lejos apareció una luz del mar, una linterna. Era un barco de comerciantes que había llegado temprano para dejar mercancías.

Catalina, muy contenta, volvió corriendo a casa para contarle la noticia a Iago.

“¡Iago Iago, ha venido un barco!” Gritó Catalina cuando se acercó a la casa.

Al salir al aire frío, Iago parecía triste. “Eso es asombrosa Catalina,” dijo Iago con una cara seria.

“¿Por qué no estás feliz?” Cuestionó Catalina. “¡Finalmente puedo seguir adelante y comenzar mi nueva vida en un lugar lejano!”

Iago la miró como si fuera apuñalada en el corazón. "¿No era eso lo que estabas haciendo aquí, conmigo? ¡Te acogí, te salvé la vida, te enseñé todo lo que sé, solo para que puedas levantarte e irte a la primera señal de un barco?”

En la oscuridad era difícil ver claramente el rostro de Iago, pero Catalina estaba segura de haber visto lágrimas correr por sus mejillas y congelarse en segundos.

Catalina apretó sus puños. “Aprecio lo que has hecho por mí, pero pensé que tú, entre todas las personas, entenderías por qué necesito irme, empezar de nuevo y vivir una vida como yo quiero.” Catalina sintió lágrimas rodando por sus mejillas, punzante en el frío. “Eres encantador Iago, pero necesito más en la vida que esta isla, ¡y tú también! Hay todo el mundo para explorar, pero te quedas aquí, donde no tienes más amigos que un perro y una madre que está muriendo.” Catalina estaba respirando pesadamente por el esfuerzo de sus palabras.

El cuerpo de Iago comenzó a temblar. “No puedo irme de aquí ni ir contigo porque siento que no seré suficiente en el mundo para ti. Pero aquí, yo sé que soy suficiente si te quedas. Y tal vez sea una decisión estúpida querer quedarme en esta isla en la que he pasado toda mi vida, pero al menos sigo junto a mi familia en las buenas y en las malas.” Iago se dio la vuelta y entró furiosamente a su casa, cerrando la puerta detrás de él. Esa será la última vez que Catalina viera a Iago.

El cuento de una rosa marchita (Iago)

Catalina se fue esa noche. Iago, incapaz de dormir, fue a llorar en los brazos de su madre por primera vez desde que era niño. Había amado a Catalina, por tonto o poco realista que fuera. En el mes que había conocido a esta chica, había imaginado toda una vida aquí en esta isla, una vida de la que su padre, al que nunca llegó a conocer, se habría sentido orgulloso. Iago no estaba seguro de poder seguir viviendo su vida normal, ahora que había probado lo que el mundo tenía para ofrecer, y tenía la sensación de que nunca volvería a sentir la alegría que había sentido con ella. Iago miró por la ventana de su casa en la dirección del camino en que vio Catalina por la primera, y última vez; y ahí por el lado del camino, allí estaba la rosa roja, ahora marchita y sin color, finalmente concediendo su lucha con la naturaleza.

Biografía del autor

Evan Martinez es un estudiante de segundo año en la Universidad de Arizona. Originalmente de Kansas City, Missouri, Evan comenzó a escribir cuentos en el periódico para su escuela secundaria y desde ese momento ha escrito principalmente en un entorno académico. Evan tiene doble especialización en español con énfasis en traducción e interpretación y psicología, con un asignatura secundaria en portugués.