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La vida en México por Mme. C. de la B.

El juicio de una dama decimonónica

Tengo ojos para escribir

I

Este portal virtual que ahora tienes ante su vista, fue en otro tiempo un puñado de hojas sueltas cruzadas con distintos nombres en el remitente y lugares de destino. Cartas escritas al calor de la impresión inmediata, sin sospechar que algún día formarían un volumen impreso y menos, digital. Está por bien advertir que quizá hiera el ánimo de más de uno. Y no sé si deba excusarme por ello. Porque ¿qué es herir el ánimo sino provocar una leve fisura en la superficie? ¿Qué es sino hacer vibrar el espíritu dentro de esos caparazones endurecidos de la civilización posmoderna? Dicen que tales sensibilidades se quiebran con facilidad, como los antiguos bulbos de cristal que guardaban la luz eléctrica: basta un golpe mínimo y estallan; el filamento se rompe y la claridad se extingue de inmediato. Confieso que me cuesta creer en una fragilidad tan aparatosa. Prefiero suponer que el espíritu humano no es una bombilla delicada, sino una llama más obstinada. Me han dicho que he sido demasiado curiosa. No faltan quienes me han acusado de juzgar con excesiva franqueza aquello que no me pertenecía. Tal vez tengan razón. Pero escribí lo que vi y lo que sentí, desde el lugar en el que estaba parada. No obstante, más que al contexto, mis ojos me pertenecen a mí y dentro de ellos todo con lo que me atrevo a pensar por mí misma. Y si acaso, aún así mis palabras llegasen a resquebrajar algún cristal u obsidiana, permítaseme entonces conservar mis reservas y la distancia temporal que nos separa — o nos protege. Esa distancia, al menos, es segura para ambos. No me queda más que con franqueza decir, si estas páginas incomodan, es porque todavía están vivas.

Mi nombre de nacimiento es Frances Erskine Inglis. Pero soy más que mi nombre. Es muy de mi época jugar con los seudónimos, las mujeres, de hecho, inventamos a “anónimo”. Pero a mi, más bien me gustó Fanny, sonido que me timbraba más americano y, con lo que me encanta ese continente. Después vino el título nobiliario de mi esposo — y con él: Madame Calderón de la Barca. Mucho más facil de pronunciar para cualquier políglota y más, admitámoslo, infinitamente más vistoso al escribirse.

Mme. C. de la B.

Esas iniciales me conferían una suerte de invisibilidad elegante. Me hacían sentir una espía inoportuna que registraba el tiempo sin ser advertida; una extranjera con permiso de observar, pero no siempre de pertenecer.

Y quizá allí residía mi mayor libertad.

Todo lo redacté durante un viaje que se extendió entre 1839 y 1842 — años que a mí me parecieron siglos — cuando las peripecias de la fortuna, o quizá el simple designio de la vida diplomática, condujeron a mi esposo, don Ángel Calderón de la Barca, a aceptar el cargo de ministro plenipotenciario de España en México. Y como es natural, me mude ahí con él.

Llegué a un país joven, vibrante y aún herido por su propia emancipación. México no era una promesa abstracta: era polvo en los caminos, campanas al amanecer, tertulias interminables y rumores políticos que atravesaban las paredes de los salones. Yo observaba, escuchaba y escribía; ésa fue mi manera de habitarlo.

II

Pero antes de mudarme, ya había venido aquí a través de cientos de páginas en las bibliotecas de mis amigos. Por alguna extraña razón, Boston estaba llena de hispanistas fervosos: George Ticknor y Alexander von Humboldt; esa era la tendencia en el siglo de las luces, daba mucho fomo no estar en América y verlo con los ojos propios. Entre mis close friends de cuevitas literarias, también incluiría a Lord Byron, Walter Scott, Fraçois-René de Chateaubriand, hombres eruditos que hablaban de reyes y sobre conquistas, aunque fuera solo de la razón. La vida era plácida siendo pasajera involuntaria entre bibliotecas prodigiosas y visitante asidua de los salones donde la historia se discutía como si aún pudiera corregirse. En esa sintonía de vibraciones, lecturas y correspondencias, comenzaron mis primeros intercambios trasatlánticos al norte del continente con: Washington Irving, Henry Wandsworth Longfellow y Willian H. Prescott, este último mi amigo más intimo de afinidades intelectuales; juntos descubrimos, a través de nuestro juego epistolar, a mirar con los ojos del otro: él convertía en paisaje y texturas, lo que yo le narraba en mis cartas. Sin saberlo, nuestras correspondencia iba trazando un camino editorial. También, mi camino sentimental, pues fue William quien me presentó al hombre con quien contraje matrimonio; y cuando digo que tomé su apellido, estoy diciendo que me enamoré. Quedé prendada de aquel americano. Un día nos casamos en una biblioteca, eso podría resumir la naturaleza de nuestro amor. Así nació Madame Calderón de la Barca, no como invención súbita ni como artificio social, sino como consecuencia natural de una vida tejida entre idiomas, afectos y correspondencias.

Y a lo que mí corresponde, es que si hasta aquí le han parecido, cuando menos, curiosas algunas de mis peripecias, le aconsejo tomar asiento, pues esto es solo el comienzo. ¿Qué de dónde provengo? ¿Cómo fue que una hija de rocas y brumas terminó cruzando océanos para encontrarse, acaso, con su propia imagen en otro continente… Cómo se fraguó esta publicación, qué amistades la hicieron posible y qué impresiones provocó al llegar a México… eso merece contarse con mayor detenimiento.

Para conocer los pormenores de este entramado editorial y asomarse a las imágenes y documentos que acompañan esta historia —acaso a mi retrato— le invito a leer el artículo completo en:

“Madame Calderón de la Barca. Cronista de la vida cotidiana en el México recién independizado” en la revista Relatos e Historias en México #208.

Si prefiere seguir mis miradas número tras número, bastará con suscribirse, aún quedan cartas por abrir y memorias por desentrañar.

Mme. C. de la B.

Diario web de una dama decimonónica.

CREADO POR
Rosy Itzel V. de la B.