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Jueves, 12 de marzo de 2026

Rvdmo. David C. Bryan (MDiv 1983)

Juan 7:25-44

25 Algunos de los que vivían en Jerusalén comentaban: «¿No es este al que quieren matar? 26 Ahí está, hablando abiertamente y nadie le dice nada. ¿Será que las autoridades se han convencido de que es el Cristo? 27 Nosotros sabemos de dónde viene este hombre, pero cuando venga el Cristo nadie sabrá su procedencia». 28 Por eso Jesús, que seguía enseñando en el Templo, exclamó: —¡Conque ustedes me conocen y saben de dónde vengo! No he venido por mi propia cuenta, sino que me envió uno que es digno de confianza. Ustedes no lo conocen, 29 pero yo sí lo conozco porque vengo de parte suya y él mismo me ha enviado. 30 Entonces quisieron arrestarlo, pero nadie le echó mano porque aún no había llegado su hora. 31 Con todo, muchos de entre la multitud creyeron en él y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿acaso va a hacer más señales que este hombre?». 32 Los fariseos oyeron a la multitud que murmuraba estas cosas acerca de él y, junto con los jefes de los sacerdotes, mandaron unos guardias del Templo para arrestarlo. 33 —Voy a estar con ustedes un poco más de tiempo —afirmó Jesús—, y luego volveré al que me envió. 34 Me buscarán, pero no me encontrarán, porque adonde yo estaré ustedes no pueden ir. 35 «¿Y este a dónde piensa irse que no podamos encontrarlo? —comentaban entre sí los judíos—. ¿Será que piensa ir a nuestra gente dispersa entre las naciones para enseñar a los que no son judíos? 36 ¿Qué quiso decir con eso de que “me buscarán, pero no me encontrarán” y “adonde yo estaré ustedes no pueden ir”?». 37 En el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús se puso de pie y exclamó: —¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba! 38 De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva. 39 Con esto se refería al Espíritu que habrían de recibir más tarde los que creyeran en él. Hasta ese momento el Espíritu no había sido dado, porque Jesús no había sido glorificado todavía. 40 Al oír sus palabras, algunos de entre la multitud decían: «Verdaderamente este es el profeta». 41 Otros afirmaban: «¡Es el Cristo!». Pero otros objetaban: «¿Cómo puede el Cristo venir de Galilea? 42 ¿Acaso no dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y que será de Belén, el pueblo de donde era David?». 43 Por causa de Jesús la gente estaba dividida. 44 Algunos querían arrestarlo, pero nadie le puso las manos encima.

Meditación

Jesús está en Jerusalén para la Fiesta de los Tabernáculos. Grandes multitudes habían recorrido largas distancias para participar en la celebración, donde se encontraron con Jesús enseñando abierta y valientemente en la ciudad. Corría el rumor de que muchos creían que él era el Mesías, el Cristo. Este pasaje está lleno de numerosos ejemplos de las formas en que la gente de la época de Jesús malinterpretó lo que él decía. Como dos barcos que se cruzan en la noche, ¡no se entendían en cuestiones tan simples como de dónde era él y adónde iba! La enseñanza de Jesús necesita entenderse como él la concibió: espiritualmente. El apóstol Pablo escribió a los corintios: «El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente» (1 Co. 2:14). Y esto no podría ser más cierto que lo que Jesús iba a decir a continuación en nuestro pasaje: «¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba! De aquel cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva». Cada jornada, antes del octavo día de la Fiesta de los Tabernáculos, un sacerdote sacaba agua del estanque de Siloé en una jarra dorada y la llevaba al templo para derramarla en la base del altar. Esta ceremonia era tanto un gesto de agradecimiento a Dios por la provisión de lluvia para los cultivos como una oración activa por lluvia en la siguiente temporada. Pero Jesús ahora está hablando de una realidad espiritual que trasciende tanto la lluvia como el agua empleada en la ceremonia festiva. Estaba hablando del don del Espíritu Santo que él aseguraría en la cruz del Calvario, la provisión misericordiosa de Dios para el corazón humano en el derramamiento de su Espíritu. Está atendiendo nuestra mayor necesidad si queremos florecer como sus seguidores.   Señor Jesús, solo tú puedes saciar la sed más profunda de mi alma. Mientras pongo mi confianza en ti, que tu agua viva fluya abundantemente de mi corazón a través del don de tu Espíritu Santo y para la gloria de Dios Padre. Amén. Rvdmo. David C. Bryan (MDiv 1983) Obispo sufragáneo Diócesis Anglicana de las Carolinas Pawleys Island, SC

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