La construcción del apego adulto POR Romina L. Mazzeo

MUPIM RevistaCUERPO EN ARMONÍA

¿De qué hablamos cuando hablamos de apego en la adultez? Más allá de los vínculos afectivos, el apego se manifiesta también en los trabajos que sostenemos, los lugares que habitamos y las versiones de nosotros mismos que no podemos soltar. En esta nota, Romina Mazzeo nos invita a reflexionar sobre cómo estos lazos invisibles nos protegen, pero también pueden limitarnos cuando llega el momento de cambiar.

Lo que nos sostiene… y lo que nos retiene

Más allá de los vínculos interpersonales, el apego en la adultez se manifiesta en la relación que establecemos con lo conocido: lugares, rutinas y versiones de nosotros mismos. Comprenderlo es clave para acompañar los procesos de cambio y desarrollo.

Introducción

El concepto de apego ha sido tradicionalmente estudiado en el marco del desarrollo infantil, entendido como ese vínculo temprano que brinda al niño una base segura desde la cual explorar el mundo. Sin embargo, en la vida adulta, el apego no desaparece. Por el contrario, se reconfigura en formas más complejas, muchas veces invisibles, que inciden directamente en nuestra manera de habitar el presente, vincularnos y tomar decisiones.

Lejos de limitarse a las relaciones afectivas, el apego se manifiesta también en la forma en la que nos relacionamos con lo conocido: trabajos, entornos, rutinas, estilos de vida e incluso con las imágenes que sostenemos de nosotros mismos. Estas formas de apego, aunque no siempre evidentes, pueden volverse estructuras rígidas que operan como defensa frente a lo incierto.

En este sentido, comprender el apego adulto implica abrir la mirada hacia una clínica de sostén, en la que el problema no es solo el síntoma o el malestar, sino lo que no se puede soltar.

El problema no es solo el síntoma o el malestar, sino lo que no se puede soltar.

Formas de apego mas allá del lazo interpersonal

Apego laboral: El trabajo como continente del yo

En la adultez, el trabajo no solo cumple una función económica: muchas veces se transforma en el eje central de la identidad. Para muchas personas, su rol laboral es aquello que le da sentido a su vida cotidiana. Esto, en sí mismo, no es problemático. Lo complejo aparece cuando la persona se sostiene en ese rol aún cuando el trabajo ya no le genera satisfacción, reconocimiento o bienestar.

Desde una mirada clínica, se observa como el miedo al cambio, a quedar sin lugar, sin estructura lleva a muchas personas a sostener empleos precarios, estresantes o alienantes durante años. En estos casos, el apego no es al deseo, sino a la certeza que el trabajo representa, incluso si ya no nos realiza. Dejar ese lugar no solo implica una pérdida de ingresos, sino también una crisis de identidad. La pregunta latente suele ser: ¿Quien soy si no soy este rol?

Apego a contextos: Lo familiar como defensa frente a los nuevo

También nos apegamos a lugares, rutinas, horarios, objetos, zonas geográficas. Vivimos como si ciertos espacios fueran extensiones del yo: la casa donde crecimos, el barrio de toda la vida, los objetos heredados, las costumbres que repetimos. Estos elementos, aunque materiales, cumplen una función psíquica: organizan el mundo, dan un sentido de estabilidad frente al caos exterior.

Sin embargo, cuando estos vínculos se hacen rígidos, pueden volverse obstáculos para el crecimiento. Hay personas que, por miedo al cambio, renuncian a oportunidades vitales: no se mudan, no cambian de ciudad, no se permiten nuevos escenarios y hasta pueden quedarse en espacios o dinámicas dañinas, simplemente porque salir de allí implicaría salir de una matriz simbólica de seguridad.

Desde una perspectiva existencial, el movimiento siempre implica pérdida: dejar un lugar es también dejar una parte de la historia. Por eso, el apego a contextos puede ser una defensa frente a la angustia de dejar atrás lo conocido, aun cuando lo nuevo promete mayor bienestar.

Apego a versiones antiguas del yo: lo que fui como refugio

Una de las formas más sutiles de apego es la que establecemos con nuestras propias narrativas. Todos construimos una idea de quiénes somos, y muchas veces esa idea queda anclada en una versión pasada: yo era sí, yo siempre fui el que resolvía, yo nunca fallaba, yo antes podía con todo.

Estas narrativas, que alguna vez funcionaron como recursos, pueden volverse limitantes si se mantienen estáticas. El problema no es haber sido esa persona, sino no poder dejar de serlo. En este sentido, el apego a la identidad se convierte en una resistencia al cambio interno. La persona sufre porque su realidad actual ya no encaja con esa versión ideal, pero tampoco puede renunciar a ella sin sentir que pierde algo esencial de sí.

Desde la clínica, este tipo de apego se manifiesta en crisis vitales, cuadros ansiosos o depresivos, e incluso en síntomas psicosomáticos. Suelen requerir un trabajo de duelo: no solo por lo que ya no es, sino por lo que nunca podrá volver a ser.

La tensión entre seguridad y desarrollo

En cada proceso de cambio hay una tensión estructural entre seguridad y crecimiento. Lo conocido nos protege, pero también nos limita. Lo nuevo nos transforma, pero nos expone. La adultez está atravesada por esa paradoja: queremos avanzar, pero nos aferramos a lo que conocemos. No por comodidad, sino porque el costo emocional de soltar puede ser alto.

La pregunta no es solo que hay que dejar, sino que estructura interna hay para sostener el vacío que queda cuando se suelta. Por eso el apego no debe pensarse siempre como patológico, sino también como una forma de regulación psíquica frente a lo incierto. Lo problemático es cuando esa regulación se convierte en prisión.

Formas de apego adulto: entre la ansiedad y la evitación

En el marco del apego adulto, dos de las configuraciones más recurrentes (el apego ansioso y el apego evitativo) no solo se expresan en las relaciones afectivas, sino que modelan también la relación que el sujeto sostiene con su entorno, su trabajo, sus contextos y hasta su propia identidad.

El apego ansioso, caracterizado por una necesidad constante de validación y por un temor persistente al abandono, puede observarse en adultos que desarrollan vínculos de dependencia no sólo hacia personas, sino también hacia estructuras externas que les otorguen un sentido de seguridad: un rol profesional, una rutina rígida, una identidad fija o incluso una ideología. En estos casos, el apego ansioso se manifiesta como una hiperactivación del sistema de apego: el sujeto no solo teme perder al otro, sino también teme perder los contextos que le ofrecen previsibilidad. Así, el cambio es vivido como amenaza, y cualquier alteración del entorno puede generar angustia desproporcionada. Se apega no sólo a vínculos, sino a “anclas” que lo sostienen frente a un mundo que percibe como inestable.

Por otro lado, el apego evitativo tiende a la desactivación del sistema de apego: el sujeto aprende a no necesitar, o al menos a convencerse de que no necesita. En la adultez, esto puede observarse en personas que sostienen una fuerte autosuficiencia, pero que al mismo tiempo evitan el compromiso emocional, el involucramiento profundo y, en algunos casos, incluso el reconocimiento de sus propias necesidades. En términos de contexto, el apego evitativo puede expresarse como una resistencia persistente al cambio, no por miedo a perder seguridad como en el caso ansioso, sino por el temor a quedar expuesto en una posición vulnerable. El cambio implica abrirse, y abrirse implica arriesgarse al rechazo o a la decepción. Así, el apego al statu quo (incluso si ya no es funcional) puede ser una forma de protección contra el dolor de la dependencia.

Ambas formas (ansiosa y evitativa) comparten una raíz común: la dificultad para integrar de manera segura la experiencia del vínculo. En última instancia, se trata de modos distintos de defenderse frente a la amenaza de la pérdida, del vacío o de la desintegración subjetiva.

Tanto el apego ansioso como el evitativo revelan, en el fondo, un mismo conflicto: la tensión entre la necesidad de vinculación y el temor a sus consecuencias. Lo que varía es la estrategia defensiva frente a esa tensión: mientras el apego ansioso se aferra para no perder, el evitativo se distancia para no exponerse. Ambas configuraciones, lejos de ser meramente “rasgos de personalidad”, son formas profundamente encarnadas de lidiar con la inseguridad afectiva y con las huellas de las experiencias vinculares tempranas.

Así, pensar el apego no como una categoría estática sino como una dinámica viva, que se despliega en múltiples planos de la experiencia, abre posibilidades terapéuticas y asistenciales para revisar cómo, a veces, lo que nos sostiene también puede limitarnos; y como, en otras ocasiones, el temor a depender termina por aislarnos de aquello que podría sostenernos.

Soltar no siempre es perder

Conclusión. El lazo que transforma…y también duele

Para cerrar, quiero invocar una de las obras que, a mi criterio, mejor encarna la mezcla de simpleza y profundidad: El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

En una de las escenas más recordadas de El Principito, el zorro le dice al niño: “si me domesticas, vamos a tener la necesidad el uno del otro”

Ese gesto tan sencillo (el deseo de ser importante para alguien) resume la esencia del apego: la construcción de un vínculo que transforma, que da sentido, pero también expone.

Después de recorrer las formas en que el apego se manifiesta en la adultez es importante recordar que no todo lazo sostiene.

Hay vínculos que asfixian. Apegos que se vuelven prisión. Relaciones que se construyen no desde el deseo de encuentro, sino desde el miedo a quedar solos.

El apego, cuando nace del vacío, puede volverse necesidad compulsiva. Cuando nace del deseo, en cambio, deja espacio. El deseo implica elección, no urgencia. Presencia, no sujeción.

Quizá hoy podamos releer esa frase del zorro con otros ojos:

Vincularnos no para calmar la ansiedad de estar solos, sino para compartir el deseo de estar con otro sin dejar de ser uno mismo.

Y aun así, el riesgo existe. Porque todo lazo, incluso el más sano, implica exposición.

El zorro lo sabe. Y aun así, elige:

“Vas a llorar”, le dice el principito

-”si”- respondió el zorro

-”Entonces no ganas nada”

-”Gano” - dice el zorro, “porque cuando vea el trigo, sabré recordarte. Antes era solo trigo. Ahora tiene tu color.”

Y quizas ahi este la pregunta que nos toca hoy: ¿Desde dónde nos vinculamos? ¿Desde la costumbre que adormece o desde el deseo que despierta? Desde el miedo a la pérdida, a quedarnos solos o desde la valentía de compartirnos sin perdernos a nosotros mismos? ¿Desde el miedo a soltar o desde la confianza en sostenernos también cuando algo cambia?

Entender el apego no es aprender a necesitar menos. Es aprender a distinguir lo que nos sostiene de lo que nos retiene. Es poder quedarnos, sin perdernos. Irnos, sin rompernos.

Y reconocer que, a veces, la verdadera madurez emocional no está en evitar el dolor, sino en saber cómo darle un lugar y transitarlo cuando aparece…permitirse ser “trigo dorado” en la memoria…aunque duela, aunque cambie y aunque, con el tiempo, toque soltar…porque soltar no siempre es irse, a veces es quedarse de otra forma…soltar no siempre es perder, es darle otro sentido a lo que fue, re significarlo para habitar nuestro presente con menos ataduras.

Y tal vez, en el fondo, lo esencial siga siendo invisible a los ojos: la raíz que nos sostiene, la memoria que nos habita, y esa parte de nosotros que, aun soltando, nunca se va del todo…porque toda huella puede ser abrigo y no prisión, porque soltar es abrir la mano para que se marche aquello que nos ata y limita y se quede solo lo que tiene que estar, lo que verdaderamente nos sostiene…así, cada paso en nuestro crecimiento puede ser, cada vez, más nuestro.

Lic. Romina L. Mazzeo

Es Psicóloga egresada de la Universidad del Salvador, con más de 20 años de experiencia en el ámbito

Romina acompaña a adultos, jóvenes y parejas en procesos de desarrollo personal, con un enfoque centrado en los vínculos como núcleo de la salud emocional. Integra diversas redes de profesionales de la salud, entre ellas la reconocida Red Psi, y coordina espacios de orientación, supervisión clínica y atención terapéutica, tanto virtual como presencial.

Mail: rominalmazzeo@gmail.com / Ig: @lic.rominalmazzeo

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